duelo

Esperaba en la sala donde ella estaba
una inquietud de medianoche me embargaba
fue en ese momento cuando ella había muerto.

 

Sus ojos empalidecidos divagaban inocentes
ya todos se habían ido y yo aquí, vuelto a ella.
En su rostro se perdían todas las facetas
que el mundo había dedicado a su blancura.

 

Bostezaba la pieza, irrespetuosa del devenir de las horas.
Yo no sabía siquiera de minutos, el tiempo era entonces
una travesura.

 

Ella se volvía hacia sí, a toda su hermosura
respiraba descalza, sin ánimo de apuros
Sus pechos se tornaban rugosos y maduros
Toqué suavemente su cintura, su ombligo,
aún estaban allí, inoportunos:

 

Su plástica piel erizaba más que un siglo:
una vida: incapaz describir.
Me estremecía cada vez que lo temía.
Su sangre era cálida, artesanal
al tocarla todo esto lo sentía.

 

La miraba. Ella me había negado feliz.
Yo sólo la acariciaba, me superaba
Su tez me otorgaba el reflejo de sus deseos
aunque deslizantes, como hielos por sus dedos.
Tocaba sus oídos. Su cabello prescribía mi sutileza
(había temido tan sólo lo peor, más me dejé llamar)
Seguramente me escuchaba ahí de frente,
yo un imbécil, incapaz de decir cosa alguna.

 

Su rostro se había detenido, cedió un suspiro
lloró lágrimas de frío: una brisa arrojada febril
radicada al olvido.

 

Una flor al lado de su estancia lucía:
una corona que molestaba con su lujuria.

 

Sólo quedaba besarla
ella, ingenua, sonrió.
Respiraba tranquila
como siempre: se dejó amar.

 

Ya para entonces había cerrados sus ojos,

Sus más preciados y sinceros atavíos.

Yo, más viejo, aún los recuerdo.

 

 

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

encuentro sin nombre

La había besado. Nunca dejó de ser tan cordial. Su cabello inocente, tan delgado en mis manos, hacía que me perdiera dócil entre los traspiés del aire. Caía en sus hombros, su piel parecía  quemarse en mi rostro. La volvía a mirar, ella tan solo observaba, distante, como un mundo más atrás de mis manos sudorosas, tocando las suyas, confusamente indispuestas. Nunca quise ir más allá de una caricia amistosa, de un encuentro fraternal, quizá de una sonrisa más febril. No lo sé. Ella preguntaba: “¿Qué sucede?”, “Nada” respondía cada vez que apelaba. Me hablaba tantas cosas, y yo que asentía su palabras.

 

¿Cuántas cosas bellas habría querido decirme acerca de su mundo, sus ideas, sus deseos? ¡Acerca de mí! Yo tan sólo la miraba. Un desliz tras su figura, un suspiro enmudecedor. El silencio nos tomó por sorpresa. La brisa pasaba con un ritmo que nos incomodaba. Ella parecía saberlo,  yo lo noté de ella. Nos comunicábamos sin palabras claras: Sólo breves ruidos, como el de ratoncillos husmeando, haciendo caer al paso el mundo a sus espaldas. En un soplo se perdían las intenciones y las hojas que caían se encrispaban con la humedad.  Restaba tan sólo un aroma de flores nuevas.

 

Tras hacerle el amor su mirada preguntaba. Miraba desolado sus labios. Pensé en decirle: “¿no lo entiendes?”. Hablamos horas sobre la jornada, como era de costumbre. Yo tocaba su rodilla. Ella me miraba profunda, más siempre terminábamos en un “se hace tarde, debo irme”, y yo que la observaba alejarse entre las sombras, incapaz de deternla.

 

El asiento se volvía más frío en su ausencia, salvo cuando regresaba al parque, cuando la noche volvía a caer sobre los deseos. Yo no aguanté mucho tiempo. Ella nunca volvió, aunque la había visto pasar de mano de otros, más tranquila, al paso de las calles alumbradas.

Yo la observaba bajo la sombra de la hojas que cayeron.

 

 

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

¡Felices fiestas patrias!

Sucedía que un dieciséis de Septiembre que, sabiendo de que venía todo lo que conllevaba el dieciocho y sus guirnaldas de patriotismo, Juan Carlos no había puesto la bandera chilena en la portada de su casa. Varios de los vecinos que le circundaban le habían mostrado sus dudas al respecto. Bien sería un año más, o bien sería un año «especial», como solían cuchichearlo por entre pasajes y casas de aquel sencillo barrio.

Un timbre desgastado por el óxido y el desuso de pronto hizo estremecer aquel hogar en donde vivía Juan Carlos. Parecía que el silencio sagrado que guardaba bajo sus puertas y ventanas había sido perturbado, junto a lo cual éste, motivado por la novedad, salió a ver de quién se trataba, ya un tanto curioso, ya un tanto ansioso.

- Oiga Vecino Juan Carlos. ¿Qué le pasa que no ha puesto la bandera? Fíjese que ya se viene el dieciocho y ¡ni su bandera ha puesto! ¿Qué me tiene que decir al respecto?
- ¡Ah…! Pues mire usté vecina. La verdá es que ni recuerdo dónde estará. Usté sabe: cosas de la vida. El año pasao de tanto chicha en cacho y carne asá quién sabe dónde habrá quedao. Ya debe estar por allá en Chuchunco. Vaya uno a saber…
- ¡Pero vecino! ¡Usted tiene que avisarme nomás! Es cosa que me diga y le paso una banderita tricolor pues, ¿no ve que acá en mi tienda me sobran? Parece que anduviera con vergüenza.
- Sí doña Marcela, usté siempre ha sido buena persona conmigo, pero verá que usté hace negocios con la bandera pué, ¿cómo se le ocurre que yo voy a pedirle…?
- ¡Ah, no se preocupe! Espéreme un tantito aquí, que yo vuelvo enseguida.

La vecina iba a su almacén tan rápido como sus piernas llenas de várices podían, su prisa le era indiferente a Juan Carlos. Se rascaba la cabeza con una aparente tranquilidad, al mismo tiempo que emulaba una mueca de festividad a quienes, vecinos suyos, pasaban por ahí a esa hora.

Mientras éste esperaba afuera de su casa logró divisar que el barrio se encontraba bastante cambiado, hermoseado, desde la última vez que no recordaba haber visto: Postes llenos de arreglos, calles realzadas con hojas de palmas, niños y ancianos vestidos con motivo de la fecha: poncho y botas espueladas, vestidos floreados y encrespadas trenzas. En fin, notaba sin mayor problema desde el trasluz de su reja que los vecinos se habían tomado las calles y habían levantado una gran ramada en la cual parecía participar toda la comunidad, incluso, invitados que simplemente desconocía.

Sin reparo de la desatención que tenía el vecino, doña Marcela irrumpió en esta, su sorprendente contemplación. Juan Carlos no supo de ella denuevo hasta que de pronto habló de pronto.

- ¡Grande la fiesta!, ¿no cierto vecino Juan Carlos?
- ¡Ah! Sí, si… así es… bonita la custión. Fíjese que hasta el rotito del Pancho, ¿lo ve?, se puso buena teñida. Lo estaba mirando que rato y vaya que tira pinta, ¡si hasta parece huaso de fundo!
- ¡Jajajaja! Sipues… ¡Parece que falta usted nomás! Varios han preguntado por usted.
- Ah… sipo’… bueno, ya me iré a poner alguna pilcha pa’ la ocasión. No es de desmerecer que estamo’ en la época de fiestas patrias pue’.
- Ya pues, sea así entonces…

Mientras consentía el espíritu dieciocheno que curiosamente irradió a Juan Carlos, Marcela sacaba de entre sus prendas una bandera Chilena, lo bastante grande como para lucirla colgada al frente de su casa. No parecía ser nueva, pero bien ella sabía que para don Juan eso no era importante.

- Mire vecino, aquí tiene la bandera, se la regalo para que la ponga en su casa. ¡No la vaya a perderla como en el dieciocho pasado!
- ¡Sí, sí! No se preocupe nadita, ahorita tendré más cuidado…
- Confío en usted vecino, sé que no me va a fallar. Y bueno, dejamos hasta aquí el cuchicheo. Me va a disculpar vecino, voy a tener que dejarlo un momento, tengo que ir a ayudar a la vecina Rosa con las empanas, le vamos a estar esperando en la ramada vecino, no lo olvide.

- Ya, tranquila usté que yo me voy pa’ dentro a emperifollarme.
Nos estamos viendo pues…
- Hasta luegito nomás.

La bandera se había ensuciado inmediatamente con las manos de Juan Carlos: él se había dado cuenta de aquello. Ese blanco que resaltaba los tenues colores del interior de su casa se tiñeron de un negro mugroso, y era porque la bandera dispuesta ahí en donde la había dejado Juan Carlos también estaba lleno de suciedad: La mesa dispuesta para una once de quien sabe qué día era el menú de aquella tarde, antes de salir a festejar. Era un detalle que había olvidado, pues hace tiempo que no venía nada nuevo a aquella, descuidada casa.

Tomó asiento improvisadamente, junto a la mesa que sostenía la bandera. Se mantuvo en silencio mientras servía vino en un fino, aunque sucio vaso. Parecía tan añeja la reserva que miraba la copa con aparente detenimiento.

- Vino tinto… vino vino… Vino tinto y entonao’… Vino tinto… vino, vino… vino y así se fué nomá… Vino por aquí, por allá, se fué así nomá, por allá capá…

El alardeo persistente de Juan Carlos era un tópico que se repetía de vez en cuando en el año. Era especialmente en esta fecha en donde se intensificaban: la angustia de la soledad lo abarcaban de tal manera que llevaba a cabo cuestiones que sus vecinos bien solía temer. Era algo que todos tenían en mente cuando celebraban estas fechas. Algo que todos consentían dentro de lo posible. Por lo demás, había un límite que todos desconocían.

- …Yapue’ nomá. Acá te tengo de nuevo Chile de Mierda… Acá estay tú, patria chilena, perra culiá. Te tomo y te zamorreo ¡como quiero! ¿Qué? ¿Querís hablar? ¡No tenís ni cultura pa decirme algo! El día que mataste a mi familia ya te fuiste a la mierda. A la verdadera mierda… ¡Perra culiá! Nunca supiste que yo la quería… y mi ñiñita, tan bonita que era… era mi ñiñita la más linda, la que bailaba cueca y traía medallas, porque era buena la la cosa del baile y el folclor… mira esa de allí… esa la de allá… todas esas, ¿viste…? Eso te llevástes po’, y me dejaste esto, una copa y la soledad de tener que tomar solo… ¿Así nomás? ¿Vas y te quedas callada como perra aguachada? ¡Acá me tenís po’, faltó el hombre de la casa po’! ¡El que se sacaba la re cresta por darle a mi familia una mejor situación! No te bastó con alejarme un tanto… ahora estamos tan lejos que vos, ¡maraca!, podís reírte como puta recién pagada…

Entre el hipo y los sollozos que dificultaban el descargo descomunal de Juan Carlos, la copa de vino que sujetaba con rabia se rompió de lo puro enfadado que estaba. Su mano de cincuenta y tantos años daban cuenta de que su herida era un recuerdo de lo que se había salvado en aquel septiembre en el que había perdido a su familia. Los torrentes de sangre que se habían hecho en su mano desembocaban en la bandera chilena. Juan Carlos empuñaba aún más la mano. El tinte de la habitación se tornaba hacia la impotencia que Juan Carlos musitaba.

- ¡Perra culiá hija de tu madre! ¡Nunca vay a pagar con sangre este dolor! ¡Erís una zorra culiá de las mil putas! ¡Mal parida, guacha culiá! ¡Nunca sabrás lo que es vivir como yo viví durante todos estos años…! ¡Nunca sabrás lo que fue haber vivido alguna vez…!

Allí en ese preciso momento en donde la sangre de la mano dejaba su torrente inocente en un silencio de fonda, los ojos enrojecidos de Juan Carlos no dejaban de mirar, aún cuando su cuerpo yacía muerto hace varias horas. La porfía continuó en ese cuerpo, incapaz de alguna mosca, de alguna larva.

Luego de varios días los vecinos supieron de la muerte del “loquito del barrio”, como solían llamarle. El hedor que había invadido dicha esquina fué suficiente como para entrar a su hogar que lo mantuvo sobrevivo durante varios años. La bandera se encontraba inmersa en aquel rojo que quizás nunca una bandera espera portar: Juan Carlos entero se encontraba en ella. Su cuerpo, más desfigurado que descompuesto, musitaba una tranquilidad llena de ironías, como lo había sido su propia vida.

Al otro día fue enterrado por sus propios vecinos en un nicho de la comuna, ya que no había ni recursos ni familiares que lo pudieran ayudar. Fue enterrado en el más fraternal y breve silencio.

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

Experimento con las culpas y los recuerdos de infancia, 1

Si tuviera que contar algún secreto que me gustaría lucir ahora, contaría lo siguiente con un placer infante:

“¡He robado chocolates, porque eran ricos!
y no cualquier chocolate, sino esos de a cinco
de esos que con cien pesos llenabas una bolsita
y te ibas contento a la casa a comertelos
mientras veías monítos o te escondías en el baño.

Los robaba porque me parecía una injusticia
que me los vendieran.
No tenía plata. La plata me la daban.
No tenía siempre. Tenía cuando pedía.
Cuando me daban siempre la gastaba
en chocolates de a cinco pesos.

¡Y esos dulces los subieron después a diez pesos!
La usura más grande que había vivido en mi vida.
Pensé en regatearlos, porque claro,
compraba de a varios.
Y el vecino me los vendió por siempre a diez.

Nunca me los quiso volver a vender

A cinco pesos.


Yo compraba sólo de a
diez chocolates,

porque la moneda era sólo de a cien,
y yo más travieso, astuto, me llevaba quince
a veces un poco menos, a veces un poco más,
otras veces sólo diez chocolates, ahora de diez pesos.

Mi vecino siempre lo supo. Nunca dijo nada a nadie
Porque yo también sabía que me cagaba piola
con los vueltos de las bebidas, a veces de los huevos
cuando me mandaban a comprar cosas para la casa.

Entonces siempre pensaba cuando me iba a acostar:

¿Estaremos en empate? digo, porque yo siempre fui justo,
nunca estuve de acuerdo con que subieran de precio
porque aún me cago el lomo recogiendo hasta
las monedas de a un peso. Siguen livianitas,
y sirven muy bien para las bombas de sonido.

Y esas monedas, además de servir para esas cuestiones
sueño que alguna vez, quizá mucho antes
de que yo existiera, los chocolates,
esos que compraba a cinco, que ahora compro a diez,
los vendieron alguna vez a un solo peso.

Por eso llevaba chocolates de más cuando los vendieron a cinco,

con mayor razón lo hago ahora que los venden a diez.


Con cien pesos ya hubiera tenido para todo el invierno.”

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

Del por qué del nombre

¿Dónde te has metido? ¡Mil veces te han dado por muerto, pajarón!

¡Última vez! ¿Vale?

 

 

He descontado de la vida lo suficiente. Si usted ha cortado alguna vez alguna uña de algún dedo, cualquier dedo, de cualquier forma, lo entenderá. Si ha espuelado alguna vez algún animal,es más claro el asunto.  Cuando está forzando su cuerpo a hacer a algo que no está acostumbrado, trotar o hacer ejercicio, por ejemplo, y le viene un dolor como si fuera de las costillas, también.

Son cosas de la vida.

He descontado de lo suficiente la vida.  Me explico mejor: Al ánimo de tiraluces y parafernalias que ha escuchado seguramente alguna vez, por alguna promoción de un producto cualquiera, y la ha encontrado más que interesante (a tal pundo de verse motivado, movido a algún estado o lugar), es ahí cuando le puedo volver a decir:  por ahí va la cosa.

El punto ciego lo pones tú.

Lamento conceder que aquí no hay letra chica (aunque si mantuvieras Ctrl, o sea control, mientras juegas con tu scroll del ratón,  deformarás mi epíteto, si no lo sabías: puedes deformar la letra así. El tuteo fué un desliz).

Para todos estos afectos debo conceder que son un huevón humilde. No sé si sencillo, no creo. Pero sé que no prometo ni periodicidad ni cosas por el estilo. Hago lo que resulta en cada caso, baste con eso.

Ahora bien, lo confieso a regañadientes: me he ajustado a lo que cada cual necesite. Es sencillo: hay un garfio en la muralla si alguna vez quisiera asujetar o dejar algo ahí sin más. Suelen llamarse probadores.

Probadores ¿Una prenda? Adelante

Adelante ¿Una prenda? Probadores


Ahora que ya terminó le comento: Cuánto daría ahora por un combinado de esos que sirve mi viejo: Vino tinto y bebida, a veces harina, a veces sólo vino. Chupilca, como la suele llamar. Hoy duerme mientras escribo con la garganta seca de decir algunas cosas. Ni un ulpo suplía la falta.

 

Posiblemente cuando lo vuelva a tener en frente, lo vuelva a mirar en menos. Eso es seguro. Algo de mí, por mínimo que haya sido, me había descontado.

 

Es inevitable llevar un inventario

sórdidamente inevitable.

 

 

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]