¿Nos vamos hacia adentro o bien hacia el mundo?
¿Es que hay que ir o bien es que viene, o que vienen?
¿Hay acaso algo que sea afuera? ¿o es todo, esto,
y no hay nada más?
El patio es la interperancia de la brisa, su madrugez.
Y aquí una leche que con café queda más agradable
reconfortan estas preguntas con su vapor.
El sandwich de jamón es la circularidad de la naturaleza:
no pregunta por lugares, por cosas o nombres
mucho menos de un apetito insaciable
que llama la atención en cada mordida.
Y no es que sólo quede preguntar. Hay una indecisión motivadora:
El desandar, como decía un comedido algún día de ayer.
El frío, la mañana que se despierta con el caminar de los jornaleros.
Esa luz, que molesta al amanecer, y el tráfico, que se hace después de todo.
Ante esto me contemplo desnudo en una duda inocente de ser vista.
¿Hay una respuesta ante todo esto,
o es que hay que tirar un dado,
o la moneda que no tengo
(que me gustaría gastar
en un efímero puchito)?
¿Qué hay entonces? ¿ habitación, mundo, patio, familia, cosa o idea?
¿o es que todo es una pura virtualidad? Queda entonces volver a preguntarse
con insistencia: ¿nos vamos hacia adentro o hacia afuera?
¿Todo será acaso una cuestión del márgen
entre lo púbico y lo privado?
¿Será acaso eso, eso, lo lúdico en el límite
(que hay entre mis ojos y tu mirada)?
Una corazonada que agita el corazón, dice: no.
Pública es cada decisión, el mundo
de cada chimpancé, de cada chita,
¿y qué hay entonces del deseo que vivo detrás de mis oídos,
de mis labios,
de mi vida de hombre, tras toda ésta:
mi piel de hormigón?
¿O el de los tuyos, humedecidos
en cada palabra, en cada voz tuya?
El margen parece ser una fábula
que vivo en cada ocasión que despierto.
Ante esto tomo la palabra con voz ingenua
que parece enruborizarse cuando se sabe escuchada,
que dice:
¿dónde es que hay que ir?
No espero respuesta
Pues sea como fuere
yo me largo
a donde hoy resulte
caminar.
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