Émbolo: breve relato de dos hemiplejias


Me han golpeado la cabeza muchas veces en mi vida, lo recordé con cierto placer una vez que me dolía mucho, muchísimo. ¿Cuál de todos será el culpable de esas dolientes pulsiones? No hay reclusión para mis sospechosos: todos son recuerdos, como molestosos duendecillos que entre sombras se hacen saber con sus pequeños piecesillos.  Caminaba tranquilo con  todo esto por entre el gentío  que parece crecer con los días. La gente, sin saberlo, se siente a gusto con mi continencia social. Entro a un vagón sin que nadie lo notara. Ese al menos es un buen presagio.

Ahora voy parado en el metro, presionado por un barrote de acero que se hace a mi mano; el sudor se hace al transporte de una manera ocasional: Un cabello bien cortado que ha olvidado su largo historal de rebeldía se muestra limpio y aparentemente peinado, se mueve lúdico al son de las estaciones, casi de manera erótica. Ví que algunas niñas miraron ese movimiento, más no les tomé atención. Lo que si me embargó de curiosidad fué que entre ellas divisé una señora que miraba mi perfil desde su asiento, como si yo fuera algo de su interés, obviamente muy distinto al de esas púberes chicas. Me miraba  como si me conociera o quisiera algo de mí, quizá decirme algo. Su mirada parecía ir más allá que simplemente mirarme.

– ¿Disculpe?
– ¿Usted no es Jorge , el que se rehabilitó de las drogas?
– Sí, el mismo. ¿Usted sería…?
– Muchas felicitaciones mijito. Es un ejemplo para la sociedad.
– Muchas gracias por sus  sinceros deseos.
– Espero siga así en la vida. Dios lo acompañará.
– Dios la escuche, mamita linda.

Casualmente esta rehabilitación de la que hablaba no era de las clásicas que se publican en los medios de comunicación: no era ni un convertido evangélico, ni formaba parte de algún fraternal grupo de ayuda o alguien carismático que hubiera tendo la intención de ayudar. En el centro psiquiátrico un espejo con aumento me ayudó mas que a nadie en la vida. Éso fué posiblemente quien ayudó más que a nada, aunque tuve que convencerme de que las pastillas me permitirían vivir sanamente en sociedad, mi psiquiátra me lo decía cada vez que me visitaba: “¡Has de hacerselo saber al mundo! tú ahora estás bien con este tratamiento… Ahora puedes salir y caminar tranquilamente por la calle…”. Él ahora está tranquilo. Lo voy a visitar al menos una vez, llevo flores y limpio su aposento. Con esa seriedad de ambo  paresco haber salido en un reportaje, ni bien lo tengo claro. Él parecía saber más que yo. Nunca supo responder cada vez que le preguntaba en las visitas.

– Señora, ¿usted sabe que maté a mi madre porque no tenía con qué pagar las drogas?
– Si usted está arrepentido, ¡Dios lo perdonará!
– Vendí parte de sus órganos y tuve dinero por varios años…  ¿Lo supo?
– …

Noté que se había hecho un silencio como aquel que chinchinea todos los días en la hora del almuerzo, en esas sillas polvorozas que me quieren, y que me acompañan. Pongo música cuando puedo, y cuando no tarareo o golpeo la mesa con algun ritmo, cualquiera. No me da hambre cuando llegan visitas: el suero es muy alimenticio, sugieren mis conocidos. La señora había desaparecido, la gente había desaparecido. Me sentí limpio, como lavado en detergente. El barrote relucía una mirada que apareció de pronto. Me entrevía en esa deformación. Dicha mirada me dió un valioso horizonte: Ser observador. Observaba ese reflejo expandido que mostraba el barrote. Había unos auxiliares limpiando los vagones, las puertas se encontraban abiertas, el andén se encontraba prólijamente desalojado. Me acerqué a uno de los limpiadores, él, taciturno, me miró un tanto apático.

– Disculpe, ¿dónde están todos?
– ¿Cómo?
– La gente que venía en el metro.
– Seguramente en sus casas… mientras nosotros limpiamos sus pasos.
– ¿Sus pasos? ¡Ah! Así es.   Son impredecibles. Fíjese que yo hablaba con una señora muy amable y en un instante desapareció con todos. Miré por un momento para confirmar la situación,  y definitivamente no están. ¡No hay caso!
– Y digame una cosa… ¿No ha pensado salir del metro para que nosotros terminemos nuestro trabajo? Seguramente a estas alturas de la noche es el único pasajero ahora en el la red del metro…
– Interesante dato, me siento a gusto.
– Suficiente. Retírese o llamo a seguridad.
– No es necesario, no llevo especies de valor. Mucho gusto.
– Ya… Buen viaje.

Tomaba las escaleras muy despacio, los dolores de cabeza habían aumentado, parecía que me fuera a desmayar. Abordaba cada peldaño como un desafío abismal, aunque eran insignificantes. Me dolían los sesos, no los piés. Pensé en el desayuno que me esperaba en casa. Subía con esfuerzo y lentitud, como si fuera algún discapacitado. No me gustaba subir escaleras. Caí pensando en el hambre, pensando en mi estómago quizá un poco más alegre, en mi mente más distraída. No tenía un lugar favorito, así que quedé desplomado a un lado de la escalera, al lado del basurero: sería ese el lugar predilecto para ello. Miraba el cemento que sostenía el mundo que me olvidaba: grandes pilares atravesaban el cielo de la estación. La señora no me había escuchado ni la mitad de lo que tenía que decir. Debió haberme escuchado. Hay gente que no tiene respeto. El cemento se notaba frío, como esos días que pelaba papas para venderlas fritas a los estudiantes universitarios, recuerdo esos julios tan bondadosos que fueron conmigo. Comía papitas. Escuchaba esas monedas que había guardado en los bolsillos caían al suelo. Rodaban por el andén. Sentía aún una moneda de cien, de las viejas, otra de quinientos. Algunas calleron a los rieles. El auxiliar no hizo nada. Me cansaba. Los cables y la televisión distrajeron mi atención. La crisis afectaba más al país, apuntaba el Ministerio de Economía. El mejor lugar donde comprar útiles escolares era en Meiggs, apuntaba el SERNAC.

Al otro día viví años a medias, bastante inquieto, pero satisfecho. Tendré que decidir algún día cuándo moriré. No estoy para nada apurado, pero hay años en que me aburro largamente, entonces pienso largas jornadas sobre el sentido de la vida. Me gustan las galletas light. Por todo estoy muy a gusto. Pude volver a verla y haberle dicho lo bien que había hecho, aunque hubo huído. Hoy no tengo quién me lleve a algún lado, nadie reacciona, quizá en ese otro lado me estén saludando, y yo le respondo siempre con la tétrica indiferencia de mi alter-ego.

¡Se salvó la izquierda, la parte que te había ninungeado!, ¿lo ves? Sin quererlo nos hemos encontrado, sin quererlo, ¡sin quererlo! Aún tengo algunas fojas que guardaré para otro día. no estoy apurado. Tu lo sabes bien: escribo también por tí. Eso no lo olvido nunca. Jamás te he olvidado.

Me siento engañado, Han dicho que voy a morir y que están vendiendo mi casa, que me han dado por muerto, y que no hay vuelta atrás. Vendrán a matarme. Pido ayuda para recuperar mi plata. Soy abogado.

Un hombre vestido de negro me visitó. Me alentó a que me disculpara de mis errores. No entendí qué era lo que quería. Nunca lo había visto.

Estoy mareado, si no hay más, es que la marea me ha superado.

Duele…

————-o————-

[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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