Catorces


A los catorces de junios de los dos mil nueves les son indiferentes las lluvias ocasionales. Parecen ser los mismos siempre. Más, los albertos  (cuales albertíos recordarían las violetas) concilian el ánimo con ese caer irregular de las gotas:

en los techos negados de tejas de cementos (aunque mis padres insisten en que son unas mezclas especiales de cementos, arenas y sicas. Yo mas desconfiado los goglié y les dí las palabras que les faltaban: “¿Cementos del diablo?”, “Eso pos mijo” respondieron)

sobre los jardines barroso de dimensiones desbordadas (con ausencia de flores, excesos de vacíos y muchas semillas que apuntan hacia el centro de la tierra, dejando el culo al aire. Los granados están ahí a cueros pelados, desnudos. Posando para las llegadas tardías de los inviernos)

a las ropas tendidas de días aquellos. ¿Qué serán de ellas? (están reformuladas: se airean bajo cobertizos, que sirven de refugios para los desamparados de techos. No se secarán, pero ahí estarán, como esperando de brazos abiertos cuerpos que le hagan la talla)

a unas caravanas oportunas que marcan ágil el paso sobre las condolencias. (camionetas-carretas llevan arreglos florales, más refrescos que nunca: amarillas blancas, amarillas blancas, algunas que son rojas, y otras que han perdido sus colores. Van rápido y pierden la tradición de buenos cortejos: Van demasiado rápido, no hay viudas llorando, y pararon varios instantes con algunos semáforos en rojo)

a las pilas de diarios que están tiradas por atrás, sobre los cachureos olvidados. (Y es divertido pensar que se entremezclan las noticias, sobre todo teniéndo en cuentas que por ahí hay mercurios, últimas noticias, segundas, cuartas también, y otros como los publimetros. Olvido las publicidades, que les dan las partes más coloridas a los diarios)

a lo inviables de las posiblidades de poder ir con gustos con pablos a ver cines (Hitchcocks), en los matucanas 100 que están tan cerca, pero que de seguro obviaremos ninguno querrá ir. (Aunque pienso que los pablos querrán ir igual, aunque crean haga frío y eso sea motivo para no ir, cosa que también piensan los albertos)

Siento que debiera escribir aún más recuerdos que he olvidad después de haber sabido que llovía. Sé que me quedé mirando el desagüe que está en el patio en esa actitud como de asombro similara a la de la experiencia de las primeras lluvias del Ponky, ese asombro inocente que aún lo tomaba por la cabeza y hacía que la girara, por mientras la destapábamos.

Ahora el agua se va por ahí, a juntarse en el delta de los mojones olvidados, que van a desembocar en los pastos, en las escuelas, en las calles, en las casa, en los paraderos, en los límites inocentes que le circundan. Pienso en vano qué será de aquellos vagabundos que viven al frente del pía marta, ahí al alero de las rejas que cierran el canal ortuzano al mundo. Recuerdo tienen una puertecita que abre manualmente.

Eso (no) era importante.

La intención era recuperárse en múltiple sobre los momentos perdidos, para tener la idea de que hubieron otros albertos que se  estudiaron, se cuidaron, se quisieron más, o que otros se suicidaron y vagaban ahora mismo en bajas temporadas, donde viajar cuesta menos, ahora que no hay mucho con qué pagar.

Dedico estas letras al tiempo que tomé en decidir no jugar (otro juego sino que éste).

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[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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