“El día en que Fabián quería emborracharse”


Ese jueves fue veinticuatro horas para pasar.

Nunca hubiera sabido de este jueves sino después de habérmelo sacado del frente de mis narices. A estas alturas estaba todo claro: no podía (re/des)construir lo que aún no terminaba por desplomarse en un sueño desconciliado.[1] [2] Había sacado el llavero de las llaves como un arco reflejo, y claro, ahora el manojo se veía insignificante: una llave de la puerta de afuera, otra de la casa, y una que no recuerdo para qué servía[3] [4]. No tenía qué decir: sólo jugaba con el llavero en mi mano, como si fuera entretenido explicitar el duelo que posiblemente no se ha superado, o como diciendo a Fabián no erís el único, weon, ¿cachai?, aunque en ese momento sí, lo era, y podía hacer lo que quisiera sin que tuviera que disculparse mañana[5]. Recuerdo que me había quedado con ese retrato del día y no había más: Llavero y duelo. Pero claro, después de la sopita de a poco uno se va recuperando: habían tantas cuestiones que era necesario hacer un intento por re-des-tacar lo que quedó afuera de la escena.

En el Roxana[6] nos acomodamos por algunas horas. Era notorio el consuelo de Julio al respecto: algo era mi compañía en la ausencia del Nano[7]. Éste que nos había prendido a todos y nosotros que quedamos con la bala a medio pasar. Unas copas a la mesa dos (por poner un número) para pasar la amargura: Unas historias de San Pedro y otras usanzas itinerantes. Pasar rápido los sorbos por las copas que se llenaron un par de veces y listo, parece que ya estábamos de pié antes de sentarnos: Echar una meadita en el pichero y de vuelta a la mesa. El relevo: Yapo’, anda al baño. Y ya de vuelta, dilatando los potos de las copas: ¡Uf! ¡Qué calor! ¿No cierto? ¿Vamos por otra? ¡Dale po!, pero ahora era de vino, sólo porque yo no me había puesto con la causa. El Rodrigo había ido de pasadita nomás, como a buscar/dejar unas llaves. Ni se sentó a una copa que ya para ese entonces no había para ofrecer.[8]

Ya iban a ser como las cuatro. Hacia un calorcito más o menos que me hacia picar un poco el cuello[9]. Extrañaba un almuerzo, cualquiera: hasta un par de sopaipillas pasaban. Metro ULA., al lado del caracol, haciendo cola en la distribuidora: Contaban las chauchas, y yo que les decía que no iba a tomar vino: que no quería, que tenía hambre, que no iba a aportar para la bebida, que ya estaba listo.

Cuando llegamos a Matucana se pusieron medios lateros, insistiendo con la bebida. Yo los acompañaba para ese entonces, aunque me hayan hecho sentir demasiado incómodo pidiéndome plata, como si todo ese entonces dependiera de una luca tan sucia como lo que motivaba ese arrojo circunstancial: ese querer morirse en una borrachera.[10] La moral me punteaba por detrás con aparentes ganas, y obvio, no quería que abusara más de lo permisible. Ese jueves sabía que tenía que ir al seminario de Marx, aunque no me interesaran los soviets o las movidas de Stalin para industrializar a la Rusia del valioso grano.  Demás estaba decir que las anécdotas marxistas las pasaría Carlitos Pérez-Soto[11].

No sé. Esa tarde miraba aquel árbol en la que los zorzales molestaban sobre todo a Charlie, y éste que se paraba y los maldecía, como si les fueran a cagar.[12] El cielo era cálido, las nubes eran suaves y mis compañeros me molestaban, como si intentaran llamar la atención no sé si mía, o de alguna mina de por ahí. Yo estaba en otra, como todos.

Los pastos de la USACH guardan tantas cosas, además de los envases de vino y las botellas de plástico, que me pongo a pensar: ¿cuántas veces han tenido que pasar lo mismo? No sé, quizá qué cosas tendrán que crecer cuando ya estemos tan lejos de ahí, por ahí en Libertad haciendo nuestros últimos ramos, o llorándole la carta a Jorge para que se mueva con una tutoría o superando esas prácticas en el colegio que muchos le hacen el quite. Lo cierto que ya para ese entonces nuevos especímenes se criarán en nuestra ausencia bajo ese pasto tan húmedo que es propicio para olvidarnos. Serán también un experimento en los que querrán morir en una borrachera de jueves, pero no estaremos nosotros como para explicarles que era sólo por una mujer, o por un capricho de alguien que quería ser querido un ratito más, como para un abrazo, un apretón de manos.

No sé. Quizá una mirada de amigo ocasional.


[1] (Sic): “Y no era yo el desconciliado. Los sueños se presentan siempre dispersos, pero como queriendo tener sentido”. Esa última cuestión es paja de los psicólogos. Sin sentido todo sería catastrófico. Uno como estudiante de filosofía puede arreglárselas así. Al menos un poquito más”.

[2] Es una mierda tener que soñárselas todas y no acordarse de nada, salvo que simplemente te tiraste en la cama para hacer el loco, echar una pestaña (porque no parece haber nada más interesante que dormir) y despertar temprano, como si nada hubiera sucedido,  salvo el sólo hecho de aquel recuerdo: lo único que no se pudo conciliar fue la mente. Pajas mentales, calcetines húmedos. Y claro, desayuno y todas esas cosas: volver a levantarse.

[3] Esa caga’ de llave, ahora recuerdo, es de un velador de la casa, creo que es ese que está en la pieza de abajo, que tiene un cajón en donde no parece haber nada interesante como para ponerlo “bajo llave”: boletas de la luz y el agua del año pasado, boletas de los colchones nuevos y otros papeles aparentemente importantes, sobre todo si a alguien se le ocurriera dudar de que no pagábamos los servicios que usábamos.

[4] Había otra llave, según me acordé, de una cajita que usaba para guardar cosas íntimas, como condones, cartas, y otros papeles irrepetibles. Se me había olvidado porque era chica. (Sic: “A la buena justificación, pajarón”)

[5] Lo digo porque en sus ojos, respiración agitada, y sudor en la frente daban cuenta que tenía todas las ganas de romper con todo. (Sic: “Puta, romper no es la palabra apropiada, pero resume mucho”)

[6] Julio insiste en ir ahí. Alguien le enseñó que ese es el lugar: nuestro lugar, algo así como una wea’ familiar. Tal cosa no existe (y no es por lo que pueda decir Trujillo de Marchant, Derrida o el que se le ocurra: recordar la vez que invitó a Baeza al Huaso Carlos y nosotros nos colamos para escuchar las anécdotas, cahuines de viejas culiás, del posgrado de la chile). Pero como Julio tiene su cuenta con tres lucas de deuda, hay un compromiso implícito. No sé. Resumiendo, esta es la escena: Roxanita está muerta  (o no sé: no está ahí atendiendo), y nosotros tomamos cervezas a mil trescientos.

[7] Y no le quedaba otra. Sabía que ya había dejado en claro que de alguna u otra manera era una pieza reemplazable en su cotidianeidad. No habían momentos especiales, simplemente los habían. Aunque claro, siempre hay preferencias, claro, cuando hay opciones.

[8] Como siempre nomás po’: de pasadita. (sic: “¿Cobro de sentimientos?”)

[9] Eso se llama piñén. Ni más ni menos. Hoy por hoy me baño más seguido.

[10] Lo más cerca a la mano

[11] Una nota propiamente tal: ese seminario es el menos impopular de los que parece hacer (o al menos de los que tengo que ir): El de Hegel está lleno de tipos que creen aprender algo de Hegel asistiendo a sus cátedras, El de psicología está llenos de pajarones (y unas pajarotas que están más o menos) que creen que Perez es súper cachilupi mientras este dice que no entiende por qué siguen viniendo, siendo que siempre deja a la institución “psicología” pal’ loli. vi. hasta la Gemita yendo, pero claro, lo de uno es ya otra cosa .Blablabá. En el seminario de Marx más que populismo parece haber un compromiso implícito. Yo parezco ser visto un tanto sospechoso. Uno se siente un tanto incomodo, pero lo permisible como para seguir asistiendo.

[12] Y yo tenía uno encimita como apuntándome con el culo cargado. Yo lo desafiaba, como si mi estar en el pasto bajo su rama preferida fuera todo un duelo. (Sic: “Palabra”)

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