La isla aún – 3ra edición [Junio 2010]


"Adivino. Ven y dime el nombre de esta isla, yo diré el tuyo: Turista."

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En esta isla que va quedando aún los poetas de quintas o de décimas. Aún pendientes, como las moscas que golpean la ventana en la hora [incómoda/muerte/punta/] de la merienda. Muchas de ellas mueren y sus nombres son garabateados con miedo en cada golpe silenciado por el cuchareo incesante. Sus golpes temen que se escuchen demasiado y que les abran la ventana y les olviden y no tengan quien les recuerde aún.
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En esta isla que va quedando aún los poetas cuelgan sus poemas como zapatillas a los cables del tendido público. Aún colgadas, como crucifijos en los cuellos de los creyentes, se puede lucir lo que escriben. Muchas de ellas caen y las rompen los pocos perros que van quedando aún. Las que quedan interrumpen el mensaje del telégrafo aún nervioso, tiritante, como el parkinson de los abuelos aún. A ratos devuelven la llamada diciendo que llegó la mitad del mensaje.
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En esta isla que va quedando aún los poetas revolotean trasluciendo zumbidos y otros sonidos raros que buscan llamar la atención. El humear del mediodía no los aleja de las calles aún. Sus pequeñas voces procuran despistar la escucha central: el sonido de la tierra y las piedras al andar el pequeño pueblo, las aves al andar el pequeño puerto, los bueyes al andar el pequeño mercado, el viento al andar la pequeña noche. Además, el hambre que todos estos llevan en sus bolsillos agrietados de tanto buscar el tesoro aún. El silencio, gran silencio de la noche se interrumpe de un vacío apostillado de estrellas entrometidas.
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Si hay quienes pongan atención aún, a ellos se invocan y levantan una profana liturgia, como los perros cuando no se ponen de acuerdo con las fronteras y se dan de mordidas aún, o las gallinas, cuando huyen despavoridas de lo desconocido. Se dan unos a otros como si tuvieran apetito de sus huesos, sin siquiera lidiar una palabra o mirada aún. La atención los desconcentra.
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Y sin embargo los insectos no tienen huesos. Desatención.
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A todo esto me pregunto: ¿en esta isla (aún) cuántos barcos van, cuántos vienen?
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Al final de mi vista se pierde la pregunta, el horizonte con las aves aún y los pequeños barcos, algunos con gente, algunos con enseres. Otros se asoman a lo lejos y vuelven, pero se les puede ver y uno podría bien decir: “mira, ese barco nunca llegó aquí y se devolvió porque perdió su destino”, o llegan y encallan apresurados, urgentes de baño o paisaje. Turística necesidad: cargados de petróleo o con cámaras, flasheando su llegada con sonrisas y curiosidad. En esta isla que va quedando aún los poetas dudan sonreír y se niegan a hablar sus idiomas. Muerden las monedas que a cambio dieron por unas zapatillas sin cordones. Los lanchones que recojen mariscos y pescados se confunden con las aves que vuelan a lo lejos. Los bueyes les esperan a su regreso.
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Los escritores aún oportunos de esta isla aluden todo esto y se exhiben lujuriosos y saludan alegres como prendas al punto: el chamanto dispuesto para la inauguración del ritual. A un lado de los barcos apostados hacen pequeños guiños de sus gestos. Los barcos al llegar les divisan: recién lavadas, con un olor a detergente matic que degrada la historia de fregados a mano. Las prendas se airean colgadas por ahí, por allá, en las manos de estos traidores. La brisa de la costa azora la performance de improvisación: arena blanca y telar manchado. La fachada del museo de la isla se lava día por medio. Las vitrinas y los pasillos del interior tres veces por día.
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A un rincón de todo este escenario el hombre-isla aún se regocija en sus llantos y otros cientos que se cuelgan por detrás a susurrar versos extranjeros, extraños, de otras islas y sin embargo: Chile hablando con tarjeta en mano. Son como pequeños piojos que se aferran inconmensurables y no advierten otro mundo más que los que sus mandíbulas pueden masticar. A ratos olvida que existen, más suelen balbucear y salpican saliva, la que se entremezcla con el llanto del hombre-isla. Él lo sabe, y nada hace: mucho hace.
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-¿Por qué lloras? – atina uno a preguntar mientras se repasa las salivas.
-Lloro aún no poder llorar tranquilo la isla.
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Llueven cántaros de nostalgia. Las personas abren sus paraguas.
Hay una brisa que acompaña la recogida de todo esto:
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Me alejo un poco y voy por la orilla jugando
en el piojento micromundo crecen flores
me seco las manos y las tomo: las huelo
se mojan, se marchitan, caen, lloran
y los piojos de la costa se abalanzan
nuevamente con las olas: van y vuelven.
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Me alejo un poco y por la orilla voy jugando…
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Camino más lejos y más cerca
Regreso al punto ciego:
El roquerío incapaz que siempre flanqueo
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Todo anda como siempre:
Una isla (aún)
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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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