Émbolo: breve relato de dos hemiplejias [2da ed]


Me han golpeado la cabeza muchas veces en mi vida.

Lo recordé con cierto placer una vez que me dolía mucho, muchísimo, con esa intensidad que no se puede disimular ni con el más elaborado entrenamiento zen. ¿Cuál de todos será el culpable de esas dolientes pulsiones?  La pregunta se instala por algunos momentos mientras un trabajo químico producido en no se qué lóbulo comienza a busca una solución…  Apresurada conclusión: no hay reclusión para ninguno de mis sospechosos, todos son recuerdos, indistintamente como molestosos duendecillos vestidos de un mismo color que entre sombras se hacen saber con sus pequeños piecesillos y sonidos intraducibles.

Caminaba tranquilo con  esto por entre el gentío  que parece crecer con los días. Yo crecía en estas cosas,  cada día era la misma pregunta con otra manera de ver las cosas, no me cabía duda. Mi imaginación me relacionaba con los demás: A veces tocaba mirar a uno distinto, luego a otros. Pensaba que en algún momento de la vida podía mirar a cada uno de los que veía todos los días, al menos, de  dos formas  distintas. Pensaba cuál podía ser la segunda forma, porque hasta la fecha no lograba a ver siquiera a uno plenamente distinto, salvo aquella vez que ví al hombre que pide limosna en el metro cuando lo asearon unos muchachos de una organización caritativa y  éste, ya reluciente, se veía distinto (al menos  reflejaba ese sentimiento en su estar ahí, en la escalera, demostrado en cada ocación que su mano movía su tarrito, o su mirada hacia la de alguno al subir o bajar la escalera). Faltó el tarrito: todavía estaba sucio, no lo había notado.

La gente, sin saberlo, se siente a gusto con mi continencia social. Un gusto, claro, que no compartía más que en otra idea mía: Yo y mis ideas en la curiosidad de mis ojos desbordando el mundo, por otro lado la mirada de ellos, retorciéndose desconcertados de mi exceso. Entro a un vagón sin que nadie lo notara. Ese al menos es un buen presagio. Nadie me tomaba por el nombre, brazo, o de alguna manera. Esto era un equilibrio, una tregua disfrazada de paz.

Ahora voy parado en el metro, presionado por un barrote de acero que se hace a mi mano; el sudor se hace al transporte de una manera ocasional: un cabello bien cortado, olvidado de su largo historal de rebeldía,  mostrándose limpio y aparentemente peinado, se mueve lúdico al son de las estaciones, casi de manera erótica haciendo dueto con la voz de la grabación-operadora. Ví que algunas niñas miraron ese movimiento, más no les tomé atención (eran otras miradas retorcidas). Lo que si me tomó por sorpresa fué que a un lado de ellas divisé una señora que miraba mi perfil desde su asiento. Había por parte de ella un interés, pero muy distinto al de aquellas púberes chicas.  Miraba  como si me conociera o quisiera algo más que su mirada, quizá decirme algo. Su mirada parecía ir más allá que simplemente mirarme. Sentía como retorcía mi ojo en su indiscresión.

– ¿Disculpe?

– ¿Usted no es Jorge , el que se rehabilitó de las drogas?

– Sí, el mismo. ¿Usted sería…?

– Muchas felicitaciones mijito. Es un ejemplo para la sociedad.

– Muchas gracias por sus  sinceros deseos.

– Espero siga así en la vida. Dios lo acompañará.

– Dios la escuche, mamita linda.

La pregunta quedó sin responder.

Casualmente esta rehabilitación de la que hablaba no era de las clásicas que se publican en los medios de comunicación. No era ni un convertido evangélico, ni formaba parte de algún fraternal grupo de ayuda, o alguien carismático que hubiera tendo la intención de ayudarme con el único motivo de salir en prensa. En el centro psiquiátrico un espejo con aumento me ayudó mas que a nadie en la vida. Eso fué posiblemente quien ayudó más que a nada, aunque tuve que convencerme de que las pastillas me permitirían vivir sanamente en sociedad, mi psiquiátra me lo decía cada vez que me visitaba: “¡Has de hacerselo saber al mundo! tú ahora estás bien con este tratamiento… Ahora puedes salir y caminar tranquilamente por la calle…”. Él ahora está tranquilo. Lo voy a visitar al menos una vez, llevo flores y limpio su aposento. La enfermera nunca habla del tema. Las pastillas bordean entre la periodicidad y el premio meritocrático a la obediencia al tratamiento. Así, dada las cosas , el apremio junto con esa seriedad de ambo,  parezco haber salido en un reportaje. Ni bien lo tengo claro. Él parecía saber más que yo. Nunca supo responder cada vez que le preguntaba en las visitas. Su mirada ahora me insipiraba brotes de inquietud. Superar la mirada de otro era como desaparecer su cuerpo o eliminar su voluntad.

– Señora, ¿usted sabe que maté a mi madre porque no tenía con qué pagar las drogas?

– Si usted está arrepentido ¡Dios lo perdonará!

– Vendí parte de sus órganos y tuve dinero por varios años…  ¿Lo supo?

– …

Un  silencio  se sumó al viaje, un silencio como aquel que chinchinea todos los días en la hora del almuerzo, en esas sillas polvorozas que me quieren y que me acompañan. Pongo música cuando puedo,y cuando no tarareo o golpeo la mesa con algun ritmo pegajoso, o cualquiera. No me da hambre cuando llegan visitas: el suero es muy alimenticio, sugieren mis conocidos. La enfermera poco habla, sólo trae los fármacos. La señora había desaparecido, la gente había desaparecido, el viaje parecía haber terminado. Me sentí limpio, como lavado en detergente o en sapolio. El barrote relucía una mirada que apareció de pronto. Me entrevía en esa deformación. Dicha mirada me dió un valioso horizonte: Ser observador. Observaba ese reflejo expandido que mostraba el barrote. Había unos auxiliares limpiando los vagones, las puertas se encontraban abiertas, el andén se encontraba prólijamente desalojado. Me acerqué a uno de los limpiadores, él, taciturno, me miró un tanto apático.

– Disculpe, ¿dónde están todos?

– ¿Cómo?

– La gente que venía en el metro.

– Seguramente en sus casas… mientras nosotros limpiamos sus pasos.

– ¿Sus pasos? ¡Ah! Así es…  Son impredecibles. Fíjese que yo hablaba con una señora muy amable y en un instante desapareció con todos. Miré por un momento para confirmar la situación,  y definitivamente no están. ¡No hay caso!

– Y digame una cosa: ¿No ha pensado salir del metro para que nosotros terminemos nuestro trabajo? Seguramente a estas alturas de la noche es el único pasajero ahora en el la red del metro…

– Interesante dato, me siento a gusto.

– Suficiente. Retírese o llamo a seguridad.

– No es necesario, no llevo especies de valor. Mucho gusto.

– Ya… Buen viaje.

Tomaba las escaleras muy despacio. Los dolores de cabeza habían aumentado, a tal nivel que parecía que me fuera a desmayar. Abordaba cada peldaño con un desafío abismal, aunque fuese un ejercicio insignificante. “Me duelen los sesos, no los piés”. Era el quinto peldaño y pensé en el desayuno que me esperaba en casa. Subía con esfuerzo y lentitud, como si fuera algún discapacitado. Octavo nivel y postulaba un corolario: no me gusta subir escaleras. Caí desanimado pensando en el hambre, en mi estómago quizá un poco más alegre, en mi mente ya más distraída. No tenía un lugar favorito, así que quedé desplomado a un lado de la escalera, al lado del basurero, ocho peldaños más abajo: aquel sería el lugar predilecto para ello. Miraba el hormigón que sostenía el mundo que me olvidaba: grandes pilares atravesaban el cielo de la estación. Algunos cables se asomaban entre las cañerías que los conducían. La señora no me había escuchado ni la mitad de lo que tenía que decir. Debió haberme escuchado. Hay gente que no tiene respeto.  Desubicada.

El cemento se notaba frío, como esos días que pelaba papas para venderlas fritas a los estudiantes universitarios, República (IV). Recuerdo esos julios tan bondadosos que fueron conmigo. Días de frío. Comía papitas. Escuchaba esas monedas que había guardado en los bolsillos caían al suelo. Una tras otra rodaban por el andén buscando el primer vagón que ya se había largado. Sentía aún una moneda de sien, de las viejas, otra de quinientos. Algunas calleron a los rieles. El auxiliar no hizo nada. Me cansaba. Los cables denuevo, y la televisión distrajo mi atención:

La crisis afectaba al país pero ha resistido como siempre, apuntaba el Ministerio de Economía. El mejor lugar donde comprar útiles escolares era en Meiggs, apuntaba el SERNAC.


Al otro día viví años a medias, bastante inquieto pero satisfecho. Tendré que decidir algún día cuándo moriré. No estoy para nada apurado, pero hay años en que me aburro largamente, entonces pienso largas jornadas sobre el sentido de vida y voluntad. Me gustan las galletas light. Por todo estoy muy a gusto. Pude volver a verla y haberle dicho lo bien que había hecho, aunque hubo huído nuevamente. Hoy no tengo quién me lleve a algún lado. Por discapacidad mejora el trato a uno. La mirada retorcida deviene lastimera. El árbol del parque lo sacaron sin mi consentimiento, a la vuelta siempre lo noto. Nadie reacciona. Quedaron de avisar en caso de. Quizá de ese otro lado me estén saludando y yo les respondo con la tétrica indiferencia de mi alter-ego. ¿Quién recoje las monedas?

Las del bolsillo, por último.

¡Se salvó la izquierda, la parte que te había ninungeado!, ¿lo ves? Sin quererlo nos hemos encontrado, sin quererlo, ¡sin quererlo! Aún tengo algunas fojas que guardaré para otro día. no estoy apurado. Tu lo sabes bien: escribo también por tí. Eso no lo olvido nunca. Jamás te he olvidado.

Me siento engañado, Han dicho que voy a morir y que están vendiendo mi casa, que me han dado por muerto, y que no hay vuelta atrás. Vendrán a matarme. Pido ayuda para recuperar mi plata. Soy abogado. Necesito apelar una vez más.

Un hombre de gabardina me visitó y vistió para la ocasión. Me alentó a que me disculpara de mis errores, que me defraudara de mis temores. No entendí qué era lo que quería. Nunca lo había visto. No sé de qué temores hablaba.

Estoy mareado, si no hay más, es que la marea me ha superado.

De doler duele, pero no tanto para temer.

Duele…

————-o————-

[A. Apablaza. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s