el mensaje feliz


Adi tiene retraso.

Mientras dirige los dedos en sus dudas se pregunta  cuánto podría durar esto. Su mano busca en vano algo que no se puede encontrar en un silencio pegajoso. El secundero es fiel a la cuerda que Adi había entregado al viejo reloj de campanas, plateado, como solía recordarlo. Acostada en su cama aún titubeaba si estar a favor o en contra del sol. Algunas nubes le dan el tiempo para descansar en su indecisión. A favor, claro, pensó, pero era consciente de que ya habían decidido por ella. Parece un bonito día. La cortina está desordenada, a medio cerrar, a medio abrir. Adi no tiene ideas claras para ese entonces. La noche pasada había admirado las estrellas que se peleaban su mirada con la luna. La batalla a muerte la había agotado. Muy poco se acordaba de ello.  La sábana que le cubría caía por el costado. Aún eran rosas y las flores de muchos colores. Estaba desnuda.  Entreabierta, la ventana deja pasar una brisa que le hacía cosquillas, pero no la distrae. Cierra la cortina. Ondea suavemente y sus ojos con ella. El polen le había respingado la nariz, y tampoco la distrae. De ella corrían dos lágrimas que se repasaba con la mano. Son blancas, aunque con el tiempo se han ido acartonando. Adi piensa y cree tener algo claro, Inocente, de su boca se le escapa una dulzura :

Adi tiene retraso.

Adi pregunta qué significaba tener retraso. Seria, su voz torna el aire en sonido más grave: “¿qué significa tener retraso?”. Nunca había dudado de que, como en todo periodo femenino, las cosas tenían que llegar a su término y a su vez volver a nacer. Adi sometía a juicio la alegría de los mil comerciales que habían pintado lleno vigor y sana disposición esto de ponerse una toalla higiénica, de tono claros, cálida y suave. Con la pregunta despejando su mente Adi se sentía como en una estación donde no pasa ningún tren, o lo que creía peor, donde pasaban todos los trenes del mundo, pero ninguno se detenía ahí. Otra fruta dejaba caer de su arbusto:

“Una estación sin parada, como mis pezones”

No se acuerda si era blanca o celeste. Lo que tenía en la mano cae como una pluma desgarrada, que no hace ni ruido ni daño. Cae sin que alguien lo notara. ¿Quién más podría notarlo? Adi contornea su rosto con la palma de su mano izquierda, “la más habilidosa… la más veleidosa”pensaba, ni muy lasciva ni muy pretenciosa.

Adi toca sus pechos como quien estuviera inspeccionando el rotulado de una caja de cereales segundos antes de echarla al carrito de compras. No observaba ni aportes calóricos ni hidratos de carbono. Está la curiosidad de la re-lectura:

“El código de barra bajo tu pecho es [un tatuaje/marca registrada/ mi ésto]”

En letra pequeña, bajo las lineas negras que se dibujaron ahí donde reposan sus reparos más inmediatos, un tatuaje jugaba a la sombra cuando dejaba caer su pecho. “No hay nada que echar al tiempo salvo las que tienen que ceder por sí solas” decía Adi mientras jugeteaba con sus pechos que respondían a sus estímulos. No quería dejar nada pendiente. Ese día quería jugársela por algo. Adi no sabía por qué. Titubeaba. La exitación de aquella mañana ni siquiera la motivó a bostezar.

Adi tiene retraso.

Nunca había andado en tren. Se preguntaba si ella era quien retrasaba el mundo en su inocente y fatídica falta de experiencia. Por un momento temió tomar las escaleras y tomarse una ducha. Mientras se secaba se preguntaba si tomaría el desayuno que había pensado para dicho día. Todo podría estar planificado. Podrían ser las cosas así:

Adi en la plaza, los niños jalando el vestido de sus madres, ellas, indiferentes, convidan asuntos de aquí y el vecindario próximo, unos chicos lindos tocando música extranjera, el olor de las hortalizas del mercado, las frutas que el casero siempre le obsequia y el vagabundo, ese que siempre le mira con cara de desconfianza.

Adi tiene retraso.

Le ofreció la mano izquierda pero el hombre se la rechazó, entrando en la doble falta de que su higiene no le permitía tal ademán, junto con que dicha mano estaba maldita. Adi se acordó de su novio en Córdoba. Siempre le decía lo mismo porque pasaba el día apretando tuerca, ajustando mangueras, probando resultados.  El hombre miraba su guiño en el rostro: sonreía sus recuerdos. Preguntó que ocurría, a lo que Adi respondío preguntando por su nombre. Éste respondió: “El que quieras”.

Adi tiene retraso.

“Córdoba. Para mí serás Córdoba. Cuando te tome de la mano y sienta el polvo del suelo, de tu suelo en la mía, te llamarás Córdoba. Cuando te venga a ver por nostalgia y deseo, y quisiera arrullarme en tus harapos, te llamarás Córdoba. Si quisieras darte por entregado a mis brazos, no me negaré porque te llamarás Córdoba… No te resistas y date a tu nombre, Córdoba. Ese es tu verdadero nombre, aunque para mí serás Córdoba. Ése es el nombre que no quisiste darme.  Córdoba te doy una historia, una tristeza y algo por el qué vivir. Córdoba yo no tengo para darte de comer.  Qué importa el hambre Córdoba.  Yo no soy la resistencia, soy quien te había dado el nombre, ¿lo recuerdas? El nombre, y tu me habías confiado algo pendiente… Lo que tengas para mí es importante…. Córdoba ¿eso mío lo tienes ahí… no…?”

Adi tiene retraso.

Las frutas en el estero. Adi recordaba los duraznos maduros cuando caían en el patio de aquella casa. Muchos terminaron comidos por los pollos y los gatos. Pensó en los cuescos que pateaba de paso al camino. La carretera siempre estuvo lejos como para llevar uno a plantar ahí, y si alguna vez llegó uno, sería a mal traer por el juego de su infancia. Sus manos en el hombre se habían humedecido. Adi ya no lloraba, su recompensa era un permanente sudor cuando la tarde se venía abajo. “Hueles a duraznos frescos” susurró al oído de él mientras le soltaba sus manos. “Es el desayuno, patrocinio del cacero que también te las dá”, dijo suspicaz. “¿Quieres ir a tomar once a mi casa?”, “No, así está bien”. Entre el guiño de su ojo mal logrado y su mano despedirse, un sentimiento de excesiva familiariad tomaba a Adi por completo. La embarazaba en sus sentimientos más antiguos. Tomó el camino en el que las luces fallaban como de costumbre. Con una cajetilla que sacó de su chaqueta prendió el cigarillo que sacó del bolsillo de Córdoba. A su paso el humo dejaba una estela, como el de una pequeña locomotora. Sin prisa, aunque con alguna carga, quizá con algún pasajero perdido de estaciones.

Adi tiene retraso.

Y ahora está lejos como para decirle que se parece, por eso escribe. Adi toma un sobre y antes de sellarlo se planta en la noche, dejando que la brisa humedezca la solapa que sellaría el envío al otro lado de la cordillera.

“Para el que corresponda: una carta que siempre llega tarde”. Y un beso sin agregados. La saliva inusual junto a las estampillas dejó caer en el buzón. Dos golpecitos le animaron llegar al fondo junto a otras cartas que esperaban ser llevadas a su destino. “La mía es pura carta, no lleva ni regalos ni postales” decía Adi, como estrechando conversación con quienes ya no estaban ahí, en un celo con sus ausencias.

Adi tiene retraso.

Y un cariño.

Uno.


No sé

si tú.

 

————-o————-

[A. Apablaza. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

 

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