Estar ahí en el sur, ser nada más viajando, para regresar al tiempo de siempre


 

 

entre paillaco y valdivia: una luna cubriéndose de nubes, débiles nubes que se van tras el rocío.

 

Estar ahí en el sur, ser nada más viajando, para regresar al tiempo de siempre

 

El sur no es sino un viaje constante, donde no hay nada ni nadie que le detenga. Lo he visto, ni lluvias ni pantanos, ni ríos ni puentes en su última fragilidad. Paso, y el sur nada parece deshabitarlo de sí mismo. Hablo por mi estancia, también por mi deseo.

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Viviría en Valdivia hacia Osorno más allá de la vista de esa playa, en el lodazal que olvidé su nombre, antes de bahía mansa, donde crecen flores que los bueyes pisan por descuido haciendo el camino de vuelta cuando anochece. Viviría ahí donde cada mugido parece un llamado exagerado a la naturaleza. Donde la presión sólo está en las nubes y el agua mansa recibe las barcazas de camino a las casas mojadas por la lluvia. No hay prisa, nada más por nosotros que somos todo la aceleración del mundo como una llama sobre la copa de una araucaria. Las manos de quienes nos reciben apresuran en limpiarse, y no sé si será una cordialidad o tantas cosas como el recelo de compartir lo pleno de esta tierra ante nuestra llegada. También viviría por los niños que sonríen traviesos por un 1, y sus madres arreglan todo con un tirón de orejas aún. Vivo un saludo de una pequeña niña que tiene tres perros y una coneja, y un gato que olvidó en la casa de su vecino. ¡Mira, allá anda un gato! ¿Ese será tu gato?, y me responde “No sé, yo le puse nombre. Es bonito, ¿no?”. Yo le respondo con una sonrisa y ella me sonríe más, porque su rostro juega en casa y yo nomás puedo ser cordial.

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No hay chonchones, no hay pescado seco, no hay mitología arcaica ni romanticismo fetal. El mundo se cruza de dedos, no hay pequeño paraíso, sino licuado de esperanzas y descontento. Congelador con helados, frituras de plástico, galletas, todo con fecha de vencimiento. Hombres de pié y microbuses cruzando el poblado con pasaje diferido. Nadie lo tomó por mientras estuvimos. El camino marca huellas de lluvia, botas y animales de tierra y de caucho, también algunos botes de basura que guardan la llegada del camión. La lluvia mezcla todo en una base de acuarela marrón y yo juego con una zapatilla que calzo y pienso nadie aquí usaría. Más allá el camino es carretera, el viaje se vuelve más rápido, aparecen las señales.  Todo se vuelve viaje y nada más volver a nuestro origen lo más pronto posible.

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Sé que no soy de aquí, sé que los demás preguntan qué hago acá porque parezco un tanto extraño. Sé que presentarme como un profesor volvería las cosas a mi favor, pero no hay nada más bello cuando las cosas se vuelven hacia sí mismas y uno nada más tiene que dejarse llevar por los momentos, pequeños momentos, como cuando una gallina pasea con sus polluelos o en la huerta están sacando las verduras que por mí comería si me invitaran a hacerlo. No lo van a hacer, yo lo tengo claro. Soy como creo serlo, no sé aún bien qué es eso, la brisa cruzada entre mar y cerros, lluvia y río me tienen confundido. La señora con la que hablaba hace un rato me mira con cierta complicidad. Ella vive ahí, me mira desde ese habitar. Al verla en esa postura volvemos a conversar para restarle importancia a ese silencio sobre el cual me había ido lejos, no sé dónde.

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Habitar un mundo en mi extrañeza o habitarlo en el suyo no es un dilema, sino un empalme entre cortafuegos que se han ido degenerando, como los postes de madera que marcan límites en el pantano sobre el cual nada puede construirse. Así viviría yo, como un lodazal, sobre el cual nada puede construirse, sobre el cual todo lo que pasa debe saber embarrarse, ¿qué posibilidad hay de bordear un pantano? Todas las posibilidades.

Sea como sea, estos viajes han enriquecido mi habitar este rápido y breve habitar. Soy estúpido y quizá un tanto más megalómano de lo que debiera, no sé, no me interesa. Hago levantamiento de la alegría que siento y cuanto cansancio viví en el mundo que viajé breve, rápido, por algunos días nomás por ir a mirar la instalación de antenas que hará que algunos puedan comunicarse con otros. Sé que cuando volvamos, si llegamos antes de la media noche, podremos comer una pizza, la que quiera, y eso por el momento parece consuelo suficiente, aunque no me guste el queso que cada vez estoy comiendo más, o los champiñones que mi hermano quiere que tenga la pizza como condición.

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O si no no hay nada. Otro día como cualquiera.

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Vivía aquí donde les digo. No sé si estoy dispuesto a dejar mis seres querido, no a los que siempre he querido, sino de aquellos sobre los cuales aún estoy dispuesto a querer, pese a las dudas, pese al coraje que me falta, pese al tiempo en que he perdido en esta vacilación. Sé que regresaré, aunque hubiera deseado jamás haberme ido, siendo que aún estoy aquí, escribiendo, haciendo vista gorda de que aún algunos extrañan siquiera mi presencia…

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[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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