Viernes 4 de Abril


Era un viernes de otoño a eso de las siete. Entonces me pregunté ¿qué era eso? eso era un día que me dí para salir. Me llamaba la atención lo luminosa y cercana que estaba la luna, como si estuviera apoyada en la azotea de uno de esos edificios viejos que rodea la Plaza de Armas de Santiago. Se notaba un poco cansada, grande, vieja. Era también un foco grande, como esos que ponen para los eventos, junto con todo el aparataje del escenario y esas cosas. Mentira, era un foco de la plaza más, lleno de mierda de pájaro, pero las palomas no estaban. Recuerdo que andaba como cabro chico con chiche nuevo, ese libro que había comprado en la Feria del Libro, “Stella Díaz Varín – Obra Reunida” me había dado un aire extra que necesitaba. No había escatimado en diez lucas más (casi veinte en realidad). Las setenta y seis que sin dolor pagué a la aseguradora por un choque me habían dejado sin sabor en la boca, y es que un choque parece siempre tener que ser así, un choque que espero termine pronto, porque en aquel viernes yo ya había dado por pagada toda deuda al respecto. Así, en el entrevero de unas experiencias cruzadas, me senté un rato en una banca para buscar ese lado más sereno que había extraviado en el camino. Alguien estaba sentado antes que yo; no tomé atención de quién podría haber sido, la banca era ancha y el espacio que había entre ambos nos permitía vivir el momento sin que nos distrajéramos entre sí.

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Me detuve a mirar lo que pasaba. Era una tarde ya en retirada. El frío se hacía más íntimo, como el de un café concert, quizá algo más cursi. La gente en su curso parecía darse a cualquier cosa que los distrajera, pero sólo una roja los hacía detenerse uniformemente al paso de los autos de vuelta a sus casas. Mientras que el monito verde comenzó a parpadear hubo un momento espontáneo en que obsevé que la luna se hizo presente, como quien prendiera un foco de estudio fotográfico para retratar a la mujer de algún bonachón, quien le había ofrecido un retrato de ella misma, como para no olvidar este momento. De hecho la luz mezclada entre artificios y natural creaba un ambiente que se potenciaba con las ramas de los árboles. Los pintores ya habían guardado sus pinceles, sólo tenían las pinturas que ya habían hecho en otro entonces. Luz cálida, amarillenta como la polera blanca que era cuando era blanca. Blanco de atardecer, blanco tenue. Blanco en descenso.

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Distraído por las mil cosas que pasan al segundo en una plaza cualquiera, me dí cuenta que un poco más allá habían dos telescopios que estaba a la disposición de una no menor fila de personas que esperaban su turno para llevar a cabo lo que decía en el cartelito que estaban junto a las máquinas: “vea los cráteres de la luna ACÁ“. Y claro, lejos de los árboles, e una posición lineal con el espejo del mundo, la luna estaba ahí, como más desnuda, y al verla así, me hizo verme como un tonto mirando a una mujer que se ve por una ventana recién salida del baño.

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Y puta, me ecuentro re pobre, porque no me alcanzaba para mirar por el ojo del telescopio, sino sólo por el mío, y se podía ver el rabo al mismo tiempo que se veían borrosos los cráteres. Y eso que ni pregunté el precio. Quizá era gratis.

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Como sea, quize juntar a Stella con la luna, como por puro gusto de mezclar cosas sin relación alguna, como esperando que pase alguna cosa. Pesqué el libro y me puse a leer, casualmente, ese poema que todos esperamos leer alguna vez el libro (lo compremos o no), que es el texto de la solapa.

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Una sola será mi lucha
y mi triunfo;
encontrar la palabra escondida
aquella vez de nuestro pacto secreto
a pocos días de terminar la infancia.

Debes recordar
donde la guardaste
debiste pronunciarla siquiera una vez…
Ya la habría encontrado
pero tienes razón ese era el pacto.
Mira como está mi casa, desarmada.
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.
Y mi huerto, forado permanente
y mis libros como mi huerto,
hojeado hasta el deshilache
sin dar con la palabra.
Se termina la búsqueda y el tiempo.
Vencida y condenada
por no hallar la palabra que escondiste.

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Yo me quedo con la idea de que, en una de esas la palabra está esconida allá, en el lado de la luna que no se ve.

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[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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