Relato para unas elecciones distintas, por pura voluntad


Puede que un día vuelva a andar denuevo. Es posible que no sea como aquella primera vez. A la espera de la próxima  elecciones recuerdo aquella primera vez en que los votantes salieron voluntariamente a votar, momento en que eran las Municipales el 2012.

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Salir en bicicleta sin apuro. Andar por la calle con el cambio más bajo para ver cómo la gente va a pie con a a las mesas de votación, con sus hijos ya todos sucios por el helado que se les derrite en las manos, sus mascotas emperifolladas para la ocasión o aquellos más desentendidos que en un esquinazo callejero tuvieron que cambiar botella por el lápiz porfiado que no hacía bien la línea. Aquellas otras también. Sin conocernos bien, unos a otros nos mirábamos, y sonreíamos con un aire muy lúcido sin saber muy bien por qué. Pasan los carteles de “vote por mí” con candidatos sonrientes, pero nosotros sonreíamos por otra cosa, no sé qué. Los panfletos están por el suelo, y el ciudadano camina libre por la calle de la feria con aire imponente comprando la verdura y la fruta para el almuerzo, la película estreno y el picadillo para la noche, y los cachureos al final a la cola. Tengo que bordearla sin lucir destreza para llegar a mi destino. Al llegar veo bomberos y soldados de la armada en una conversación, están algo gorditos, del tipo “de buen vivir”, pero me toco la panza y creo que sí. Me sonrío pensando en voz alta: todos somos los mismos chilenos. Todos conversan felices, de buen vivir, algunos se encontraron con sorpresas al encontrarse con el amigo que nunca hubiera pensado volver a ver, hijos de vecino, bisagras, monos, perros, la dama, el don juan, compitas, en fin, el listado es de no acabar. Dejo mi bicicleta junto a otra que aguarda tranquila en el pórtico del colegio que abría sus aulas para que las palomas blancas salieran a volar. Me causa gracia ver que no soy yo nomás quien llegó a dos ruedas.Las vocales esperaban que llegáramos lo de su mesa, pero no le daban tiempo a uno siquiera de interrumpir su conversación. Yo no estaba claro, pero las del lado me querían robar pidiéndome mi carnet, le pedí disculpas porque yo era votante de este otro lado: “Lo siento amigas, las voy a traicionar con la mesa del lado”, y rieron en coro, como si hubieran estado entrenadas para ello. La empanada y el empolvado con el jugo en sobre eran los reyes de la tarima.

Papeleta para alcalde, papeleta para concejal, y dos estampillas. A la urna, y el carbón se desliza sobre la línea. El dedo sobre la lengua, el dedo sobre la estampilla, la estampilla sobre las papeletas, y pienso: Y el dedo en la tinta?

No, voté y no me mancharon el dedidto.

Los que no votan, no saben que están perdiendo no sólo la opinión, sino la posibilidad que nos dieron quienes nos antecedieron. La experiencia cívica que no sólo significa hacer dos rayas, sino la experiencia que es vivirlo con una mirada distinta. Porque mi propóstino no sólo era mi destino, sino todo el camino, ida y vuelta. Porque también era importante saber quién era el que llegaba primero, y ese fué mi viejo, el que fué y volvió caminando. Segundos mi vieja y yo.

Y un helado de chocolate fueron los laureles a los tres lugares. ¡Salud, salud! Y todo el protocolo que no sé.

Porque la democracia no fué un regalo
yo fuí a votar
Y por esto escribo.

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[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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