Tareas pendientes del dia domingo 28 de Marzo, 2010

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De tener tiempo libre y voluntad y ocio para escribir asuntos aparentemente importantes, itinerantes, o poéticos, considerar pues los siguientes temas:

Uno: Curiosa situación entre Vicente Huidobro y Pablo Neruda. De la cual rescatar los basureos que se tiraban. Por una parte uno diciendo: “Hijo de Minero”, el otro “Un señorito”, y otros dulcecitos que quedaron en el rumor callejero de los amigos, familiares y algunos ubicados que les rondaban.De lo que puede divagarse varias lineas y entretramados es el siseo político que ambos llevaron a cabo en todos los lugares en los que estuvieron, claro: uno más a viva voz, otro más subterraneo (y parafraséando a Huidobro: “más político: más peligroso”).

Se puede uno apresurar y decir que Neruda tenía mucho de qué guardar, y Huidobro: “mucho de qué  más crear (para tener)”: su creacionismo mismo como un deseo por la falta. (ahí vendrían reflexiones cándidas sobre el que partió en riqueza economica y el otro en riqueza social:  porque a los mineros de chile se le debe más que a un cafetín francés… o como sea, un breve lazo a Marchant).

Y otros blablás posibles, al respecto de sus obras, por cierto muy renombradas en lecturas de colegio, según la gallada que es hoy por hoy la opinión del chileno común.

Notas útiles (y por cierto, para nada accesorias): Vicente ya me ha aparecido varias veces en este ultimo tiempo: La primera fué aparición, luego las otras son como una re-aparición en vista de una “deuda” (más bien: “tareas pendientes” como suelo titular hoy por hoy) fué hace como dos años, cuando divagando en una abandonada biblioteca del sur (esa de infinitas enciclopedias del las últimas noticias y otras de caracter gratuito del año, no sé, del 70′ pa adelante),  me encuentro en una de esas tantas colecciones una de literatura: Vicente Huidobro: Altazor. “Vaya! Si este libro lo había leído” – decía recordando si había copiado la prueba de aquel examen de lectura, o si lo había ojeado en realidad (nótese que nunca fué en la infancia realmente interesante para mí leer).- “Me lo llevaré por cualquier cosa”. Y como cosas como libros viejos y otros objetos de caducado valor en su entorno no son prendas robadas, nadie lo extrañó (y quizá hasta por mucho tiempo más, cuando tenga bisnietos y mis familiares sean demasiado en cantidad y en lejanía como para contarlos). Mi viejo que lo leyó en los tiempos de espera de la micro y se lo zampó de un puro guaracazo: no le alcanzo a durar dos semanitas. Yo recuerdo el giro de su lectura: de ser un libro muy fantástico a ser una buena historia (de la que por cierto comentaba cada vez que podía cuando nos topábamos en las comidas o en algún otro lugar fortuito).

Por cierto: aún recuerdo mi sospechosa lectura.

Hay otras anécdotas, como la de un boceto, rememorar intuitivamente a Huidobro en un remate, como quien padece una necesidad de golpear a alguien, y vas y te encuentras con lo primero y ¡paf! Lo que resultó.

¡Y, para capitular! El dato que motivó este acceso fué principalmente el hecho de que re-apareciera Hudobro nuevamente hace unos días, en las búsquedas itinerantes al respecto de Parra: Encontré una videoteca y, al respecto de los diversos videos de Parra, uno de Huidobro y Altazor. Demás está hablar de aquel que ya habla de sí mismo:  hablo de Parra, también de Huidobro.

Al respecto, un dulcecito que encontré: en la que se dice lo siguiente:

Allá, en Las Cruces, instaló su guarida que se encuentra a unos kilómetros del lugar en que fue enterrado el poeta Vicente Huidobro. Parra, desde su casa, se empina de pies y le mira la tumba al colega.

A veces lo visitan jóvenes que, con la boca abierta, lo miran pensar. Parra les suelta sus frases. Les dice: “La vida es una humillación”. O, como le dijo a uno: “El mundo es un conglomerado de putas y cabrones” (porque la traducción? es de Parra, Shakespeare vivió otro mundo, otras putas, otros cabrones, no tenía en cuenta a Huiodobro, por ejemplo)

Archívese también esto otro (resultado de cachurear mientras escribía): “Cosas que se cuentan de Vicente Huidobro” – Enrique Bunster.- Nótese el lugar del archivo: FUNDACIÓN NEURDA…

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Dos: Un texto de Oscar Hanhn que nunca fué leído para la ocasión que fué elaborado (y que, de consuelo,  terminó publicado para leerse)

Al respecto puede hablarse de muchos asuntos. Sugerente indicarlos:

Lugar que no tuvo lugar: dice (sea quien fuere):

“Por último, y como brillante colofón, el poeta, crítico y ensayista chileno Óscar Hahn abre con una lección magistral el acto de clausura, en el que participan, también, los máximos representantes de las diferentes instituciones organizadoras.”


Apoyo por parte de España. (Que, en solidaridad con los chilenos, no vinieron a Chile). Y cito:

“Como el gobierno chileno suspendió el Congreso, se ha suspendido también el viaje” de don Juan Carlos y doña Sofía a Brasil, dijo a AFP un portavoz de la Casa Real.” –  Fuente hispanaFuente nacional

– Oportuna ocasión para hablar del terremoto y la escritura: O bien del aún pendiente escrito al respecto de Marchant, y la anécdota que se resume: Terremoto en Conce, y “Escritura y Temblor”. Literal.

– Otros, muchos otros. De los cuales resta apuntar: el mercurio, lamentable situación de artes y letras (sección patrimonio), oscar hanh como jurado del concurso que no participé: y aquí al respecto adelanto: “evité el lugar de fracasar y ser publicado alugar de consuelo”. Es como jugar un par una mano con cartas altas.

– El asunto del terremoto es un tema pendiente de ser una crónica completa.

Más o menos eso.

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[A. Apablaza ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

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Ñami (17/12/2009)

Tarde: 14:00

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– Porotitos

– Ah no, me cago de calor.

– Pero si están ricos.

– Sipo, si no digo eso, pasa que con treinta grados de calor, un plato huemando bajo las narices me exfolia los puntos negros.

– Hay que erís cochino. Cómete la comida nomás.

– Dale.

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Noche: 00:30

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– Tallarines.

– ¡Qué rico!

– Están calientes.

– No importa, me aguanto.

– Quién te entiende…

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¡Huevón goloso! ¡Goloso!

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La isla aún

En esta isla que va quedando aún los poetas de quintas o de (décimas), aún pendientes, como moscas en la hora de la merienda: cuelgan sus poemas como zapatillas a los cables del tendido público. Revolotean trasluciendo zumbidos y otros sonidos raros parecen llamar la atención. El humear del  mediodía no las aleja. Sus pequeñas voces procuran despistar la escucha principal: el sonido de la tierra y las piedras al andar, las aves, el viento.  Además: el hambre. Si hay quienes pongan atención, a ellos se invocan y levantan el polvo, como los perros cuando no se ponen de acuerdo y se dan de mordidas. Se dan unos a otros como si tuvieran apetito de sus huesos.

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Y sin embargo los insectos no tienen huesos.

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A todo esto, me pregunto: ¿en esta isla (aún) cuántos barcos van, cuántos vienen?

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Al final de mi vista se pierde el horizonte con las aves y los pequeños barcos, algunos con gente y otros con enseres. Otros se asoman y vuelven, o llegan: como turística novedad: cargados de petróleo o con cámaras, flasheando su llegada con sus sonrisas y curiosidad.

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Los escritores oportunos aluden esto y se exiben como prendas a punto. A un lado de los barcos apostados hacen pequeños guiños de sus cosas. Los barcos al llegar les divisan: recién lavadas, con un olor a detergente matic que degrada la historia de fregados a mano, las prendas se airean colgadas por ahí, por allá. La brisa de la costa azora la performance de improvisación.

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Y a un rincón de todo este escenario el hombre-isla se regocija en sus llantos, y otros cientos que se cuelgan por detrás a susurrar versos extranjeros, de otras islas, y sin embargo, Chile. Son como pequeños piojos que se aferran inconmensurables y no advierten otro mundo más que los que sus mandíbulas pueden masticar.

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A ratos balbucean y salpican saliva, se entremezcla con el llanto del hombre-isla. Él lo sabe, pero no hace nada.

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-¿Por qué lloras? – atina uno a preguntar mientras se repasa las salivas.

-Lloro no poder llorar tranquilo la isla. Mí isla (aún) isla.

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Llueven cántaros de nostalgia. Las personas abren sus paraguas.

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Me alejo un poco y voy por la orilla jugando

En el piojento micromundo crecen flores

me seco las manos y las tomo y las huelo

se mojan, se marchitan, caen, lloran

y los piojos de la costa se avalanzan nuevamente.

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Camino más lejos y más cerca

Todo anda como siempre. Una isla (aún)

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(En dedicación a la isla que quiero viajar y me la he imaginado diez veces, y también al texto breve pronunciado en una columna de Warnken:

Posteado por:
Albert Iván Apablaza Cancino
19/01/2010 12:23
[ N° 121 ]
En esta isla que va quedando aún los poetas de quintas o de (décimas) aún cuelgan sus poemas como zapatillas a los cables del tendido público.

Y se exiben como las prendas a punto: recién lavadas, con un olor a detergente matic que degrada la historia de fregados a mano.

Uno que llora, y otros cientos que se cuelgan por detrás a susurrar versos extranjeros, de otras islas, y sin embargo, Chile.

Chile (lo que queda de)

cierre de paréntesis)

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Hola Lunes

Me acuerdo ahora mismo de cuatro cosas, segundos antes de dormir:

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1. Que debi haber respondido una encuesta para un periodista con el que nos topamos con el andres en la Feria del libro. Las preguntas que, claro esta, me dejo el porque creyo que la pelota la dominaba mejor en esos puntos.

2. Que para Didactica me quedan cosas por hacer: citar  texto o algo asi: ponerlos ahi en concreto o el nombre o el autor… etc. Tramite.

3. Que este teclado de mierda esta desconfigurado y no hace los acentos, los guiones, y otros caracteres que no uso pero pueden parecer utiles.

4. Que son las 3:40 AM

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La verdad es que no se cual de las cuatro lamento mas,o menos me interesa.

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Andan por ahi las cuatro,

casi un cuarto.

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Catorces

A los catorces de junios de los dos mil nueves les son indiferentes las lluvias ocasionales. Parecen ser los mismos siempre. Más, los albertos  (cuales albertíos recordarían las violetas) concilian el ánimo con ese caer irregular de las gotas:

en los techos negados de tejas de cementos (aunque mis padres insisten en que son unas mezclas especiales de cementos, arenas y sicas. Yo mas desconfiado los goglié y les dí las palabras que les faltaban: “¿Cementos del diablo?”, “Eso pos mijo” respondieron)

sobre los jardines barroso de dimensiones desbordadas (con ausencia de flores, excesos de vacíos y muchas semillas que apuntan hacia el centro de la tierra, dejando el culo al aire. Los granados están ahí a cueros pelados, desnudos. Posando para las llegadas tardías de los inviernos)

a las ropas tendidas de días aquellos. ¿Qué serán de ellas? (están reformuladas: se airean bajo cobertizos, que sirven de refugios para los desamparados de techos. No se secarán, pero ahí estarán, como esperando de brazos abiertos cuerpos que le hagan la talla)

a unas caravanas oportunas que marcan ágil el paso sobre las condolencias. (camionetas-carretas llevan arreglos florales, más refrescos que nunca: amarillas blancas, amarillas blancas, algunas que son rojas, y otras que han perdido sus colores. Van rápido y pierden la tradición de buenos cortejos: Van demasiado rápido, no hay viudas llorando, y pararon varios instantes con algunos semáforos en rojo)

a las pilas de diarios que están tiradas por atrás, sobre los cachureos olvidados. (Y es divertido pensar que se entremezclan las noticias, sobre todo teniéndo en cuentas que por ahí hay mercurios, últimas noticias, segundas, cuartas también, y otros como los publimetros. Olvido las publicidades, que les dan las partes más coloridas a los diarios)

a lo inviables de las posiblidades de poder ir con gustos con pablos a ver cines (Hitchcocks), en los matucanas 100 que están tan cerca, pero que de seguro obviaremos ninguno querrá ir. (Aunque pienso que los pablos querrán ir igual, aunque crean haga frío y eso sea motivo para no ir, cosa que también piensan los albertos)

Siento que debiera escribir aún más recuerdos que he olvidad después de haber sabido que llovía. Sé que me quedé mirando el desagüe que está en el patio en esa actitud como de asombro similara a la de la experiencia de las primeras lluvias del Ponky, ese asombro inocente que aún lo tomaba por la cabeza y hacía que la girara, por mientras la destapábamos.

Ahora el agua se va por ahí, a juntarse en el delta de los mojones olvidados, que van a desembocar en los pastos, en las escuelas, en las calles, en las casa, en los paraderos, en los límites inocentes que le circundan. Pienso en vano qué será de aquellos vagabundos que viven al frente del pía marta, ahí al alero de las rejas que cierran el canal ortuzano al mundo. Recuerdo tienen una puertecita que abre manualmente.

Eso (no) era importante.

La intención era recuperárse en múltiple sobre los momentos perdidos, para tener la idea de que hubieron otros albertos que se  estudiaron, se cuidaron, se quisieron más, o que otros se suicidaron y vagaban ahora mismo en bajas temporadas, donde viajar cuesta menos, ahora que no hay mucho con qué pagar.

Dedico estas letras al tiempo que tomé en decidir no jugar (otro juego sino que éste).

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Émbolo: breve relato de dos hemiplejias

Me han golpeado la cabeza muchas veces en mi vida, lo recordé con cierto placer una vez que me dolía mucho, muchísimo. ¿Cuál de todos será el culpable de esas dolientes pulsiones? No hay reclusión para mis sospechosos: todos son recuerdos, como molestosos duendecillos que entre sombras se hacen saber con sus pequeños piecesillos.  Caminaba tranquilo con  todo esto por entre el gentío  que parece crecer con los días. La gente, sin saberlo, se siente a gusto con mi continencia social. Entro a un vagón sin que nadie lo notara. Ese al menos es un buen presagio.

Ahora voy parado en el metro, presionado por un barrote de acero que se hace a mi mano; el sudor se hace al transporte de una manera ocasional: Un cabello bien cortado que ha olvidado su largo historal de rebeldía se muestra limpio y aparentemente peinado, se mueve lúdico al son de las estaciones, casi de manera erótica. Ví que algunas niñas miraron ese movimiento, más no les tomé atención. Lo que si me embargó de curiosidad fué que entre ellas divisé una señora que miraba mi perfil desde su asiento, como si yo fuera algo de su interés, obviamente muy distinto al de esas púberes chicas. Me miraba  como si me conociera o quisiera algo de mí, quizá decirme algo. Su mirada parecía ir más allá que simplemente mirarme.

– ¿Disculpe?
– ¿Usted no es Jorge , el que se rehabilitó de las drogas?
– Sí, el mismo. ¿Usted sería…?
– Muchas felicitaciones mijito. Es un ejemplo para la sociedad.
– Muchas gracias por sus  sinceros deseos.
– Espero siga así en la vida. Dios lo acompañará.
– Dios la escuche, mamita linda.

Casualmente esta rehabilitación de la que hablaba no era de las clásicas que se publican en los medios de comunicación: no era ni un convertido evangélico, ni formaba parte de algún fraternal grupo de ayuda o alguien carismático que hubiera tendo la intención de ayudar. En el centro psiquiátrico un espejo con aumento me ayudó mas que a nadie en la vida. Éso fué posiblemente quien ayudó más que a nada, aunque tuve que convencerme de que las pastillas me permitirían vivir sanamente en sociedad, mi psiquiátra me lo decía cada vez que me visitaba: “¡Has de hacerselo saber al mundo! tú ahora estás bien con este tratamiento… Ahora puedes salir y caminar tranquilamente por la calle…”. Él ahora está tranquilo. Lo voy a visitar al menos una vez, llevo flores y limpio su aposento. Con esa seriedad de ambo  paresco haber salido en un reportaje, ni bien lo tengo claro. Él parecía saber más que yo. Nunca supo responder cada vez que le preguntaba en las visitas.

– Señora, ¿usted sabe que maté a mi madre porque no tenía con qué pagar las drogas?
– Si usted está arrepentido, ¡Dios lo perdonará!
– Vendí parte de sus órganos y tuve dinero por varios años…  ¿Lo supo?
– …

Noté que se había hecho un silencio como aquel que chinchinea todos los días en la hora del almuerzo, en esas sillas polvorozas que me quieren, y que me acompañan. Pongo música cuando puedo, y cuando no tarareo o golpeo la mesa con algun ritmo, cualquiera. No me da hambre cuando llegan visitas: el suero es muy alimenticio, sugieren mis conocidos. La señora había desaparecido, la gente había desaparecido. Me sentí limpio, como lavado en detergente. El barrote relucía una mirada que apareció de pronto. Me entrevía en esa deformación. Dicha mirada me dió un valioso horizonte: Ser observador. Observaba ese reflejo expandido que mostraba el barrote. Había unos auxiliares limpiando los vagones, las puertas se encontraban abiertas, el andén se encontraba prólijamente desalojado. Me acerqué a uno de los limpiadores, él, taciturno, me miró un tanto apático.

– Disculpe, ¿dónde están todos?
– ¿Cómo?
– La gente que venía en el metro.
– Seguramente en sus casas… mientras nosotros limpiamos sus pasos.
– ¿Sus pasos? ¡Ah! Así es.   Son impredecibles. Fíjese que yo hablaba con una señora muy amable y en un instante desapareció con todos. Miré por un momento para confirmar la situación,  y definitivamente no están. ¡No hay caso!
– Y digame una cosa… ¿No ha pensado salir del metro para que nosotros terminemos nuestro trabajo? Seguramente a estas alturas de la noche es el único pasajero ahora en el la red del metro…
– Interesante dato, me siento a gusto.
– Suficiente. Retírese o llamo a seguridad.
– No es necesario, no llevo especies de valor. Mucho gusto.
– Ya… Buen viaje.

Tomaba las escaleras muy despacio, los dolores de cabeza habían aumentado, parecía que me fuera a desmayar. Abordaba cada peldaño como un desafío abismal, aunque eran insignificantes. Me dolían los sesos, no los piés. Pensé en el desayuno que me esperaba en casa. Subía con esfuerzo y lentitud, como si fuera algún discapacitado. No me gustaba subir escaleras. Caí pensando en el hambre, pensando en mi estómago quizá un poco más alegre, en mi mente más distraída. No tenía un lugar favorito, así que quedé desplomado a un lado de la escalera, al lado del basurero: sería ese el lugar predilecto para ello. Miraba el cemento que sostenía el mundo que me olvidaba: grandes pilares atravesaban el cielo de la estación. La señora no me había escuchado ni la mitad de lo que tenía que decir. Debió haberme escuchado. Hay gente que no tiene respeto. El cemento se notaba frío, como esos días que pelaba papas para venderlas fritas a los estudiantes universitarios, recuerdo esos julios tan bondadosos que fueron conmigo. Comía papitas. Escuchaba esas monedas que había guardado en los bolsillos caían al suelo. Rodaban por el andén. Sentía aún una moneda de cien, de las viejas, otra de quinientos. Algunas calleron a los rieles. El auxiliar no hizo nada. Me cansaba. Los cables y la televisión distrajeron mi atención. La crisis afectaba más al país, apuntaba el Ministerio de Economía. El mejor lugar donde comprar útiles escolares era en Meiggs, apuntaba el SERNAC.

Al otro día viví años a medias, bastante inquieto, pero satisfecho. Tendré que decidir algún día cuándo moriré. No estoy para nada apurado, pero hay años en que me aburro largamente, entonces pienso largas jornadas sobre el sentido de la vida. Me gustan las galletas light. Por todo estoy muy a gusto. Pude volver a verla y haberle dicho lo bien que había hecho, aunque hubo huído. Hoy no tengo quién me lleve a algún lado, nadie reacciona, quizá en ese otro lado me estén saludando, y yo le respondo siempre con la tétrica indiferencia de mi alter-ego.

¡Se salvó la izquierda, la parte que te había ninungeado!, ¿lo ves? Sin quererlo nos hemos encontrado, sin quererlo, ¡sin quererlo! Aún tengo algunas fojas que guardaré para otro día. no estoy apurado. Tu lo sabes bien: escribo también por tí. Eso no lo olvido nunca. Jamás te he olvidado.

Me siento engañado, Han dicho que voy a morir y que están vendiendo mi casa, que me han dado por muerto, y que no hay vuelta atrás. Vendrán a matarme. Pido ayuda para recuperar mi plata. Soy abogado.

Un hombre vestido de negro me visitó. Me alentó a que me disculpara de mis errores. No entendí qué era lo que quería. Nunca lo había visto.

Estoy mareado, si no hay más, es que la marea me ha superado.

Duele…

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[T. Plaz ©. Todos los derechos preservados en bolsas de plástico no-biodegradables.]

encuentro sin nombre

La había besado. Nunca dejó de ser tan cordial. Su cabello inocente, tan delgado en mis manos, hacía que me perdiera dócil entre los traspiés del aire. Caía en sus hombros, su piel parecía  quemarse en mi rostro. La volvía a mirar, ella tan solo observaba, distante, como un mundo más atrás de mis manos sudorosas, tocando las suyas, confusamente indispuestas. Nunca quise ir más allá de una caricia amistosa, de un encuentro fraternal, quizá de una sonrisa más febril. No lo sé. Ella preguntaba: “¿Qué sucede?”, “Nada” respondía cada vez que apelaba. Me hablaba tantas cosas, y yo que asentía su palabras.

¿Cuántas cosas bellas habría querido decirme acerca de su mundo, sus ideas, sus deseos? ¡Acerca de mí! Yo tan sólo la miraba. Un desliz tras su figura, un suspiro enmudecedor. El silencio nos tomó por sorpresa. La brisa pasaba con un ritmo que nos incomodaba. Ella parecía saberlo,  yo lo noté de ella. Nos comunicábamos sin palabras claras: Sólo breves ruidos, como el de ratoncillos husmeando, haciendo caer al paso el mundo a sus espaldas. En un soplo se perdían las intenciones y las hojas que caían se encrispaban con la humedad.  Restaba tan sólo un aroma de flores nuevas.

Tras hacerle el amor su mirada preguntaba. Miraba desolado sus labios. Pensé en decirle: “¿no lo entiendes?”. Hablamos horas sobre la jornada, como era de costumbre. Yo tocaba su rodilla. Ella me miraba profunda, más siempre terminábamos en un “se hace tarde, debo irme”, y yo que la observaba alejarse entre las sombras, incapaz de deternla.

El asiento se volvía más frío en su ausencia, salvo cuando regresaba al parque, cuando la noche volvía a caer sobre los deseos. Yo no aguanté mucho tiempo. Ella nunca volvió, aunque la había visto pasar de mano de otros, más tranquila, al paso de las calles alumbradas.

Yo la observaba bajo la sombra de la hojas que cayeron.

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