Lectoescritura: Stella Díaz Varín: Edades Principios y Finales

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Stella Díaz Varín junto a Jorge Teillier Sandoval

 

Edades Principios y Finales
Stella Díaz Varín

 

     De niña nunca leí a Neruda.
Antes de conocerlo
Me imaginaba dueña del lenguaje
De la sustancia, de la ponderación
Del color y la luz
Pero vinieron los trece años
A recordarme agosto
Y fue
Cuando el viejo imprentero de mi pueblo
Iluminó la palma de mis manos
Con “El Hondero”.

Me creé desde entonces la verdad
La investidura de la piedra marina
Descubrí el silencio
Y un horizonte
Donde aprendí a reverberar
Con el último rayo verde de sol bajo las aguas.

Y me hice mujer
Al devenir poeta
Y agradecí
Por habitar un mundo venidero.

Cómo quise a Neruda.
ínfima escala yo, niña poeta
Lejos
La vastedad de su presencia
Mal vista
Por las razas asustadas.
Pájaro de sol
En un jardín de invierno.

Él
Siempre lo supo.
Sabe lo que pretendo con mi verso
Hoy lo estoy recordando
Porque es vivo
Válgame la insolencia
De confundir ruiseñores
En la ausencia.

Nada se nos ha dado
Hay que aprenderlo todo
Desde la sonrisa
Hasta la lágrima.
Nada se nos ha dado
poeta-duende-mártir
Ni el latido
Que aprendemos a palpar
Desde la infancia
Ni los caminos
Que ensayamos temerosos
Ni las conversaciones sin palabras
Que nos separan del amigo
Contra los enemigos

Que nos separan
Del Ángel de la Guarda
Qué podría decirle yo ahora
Al Ángel de la Guarda
Seguro que Teófilo Cid
Ensayaría una sonrisa
La más hermosa sonrisa
Que haya visto.

Otro es ahora
El árbol y su corteza
Otra muy otra es la mirada
Que consigna la cifra
Otros muy otros los poetas
En la tierra sombría

Perdón por el cansancio
Pero a veces creo
Que nunca más la canción
La alborecida luz

La desinencia
Remitida desde el tronco al pétalo
Negándose a sí misma
Para viajar en el desborde
De la más absoluta primavera…

Nunca estarán de nuevo muchas cosas
No hablo de nombres perdurables

Voces, gestos.

Otros muy otros
Serán los silencios
Muy otras, sin reversos
Las distancias
Otras también las horas
Y la agonía cada cinco minutos
Ya no será jamás el mismo otoño

Es triste descubrir
En los umbrales de la muerte
Que el vano de la puerta
Es el fondo del espejo
Y allí van nuestros pasos…



 

 

Durante el año 2017 la Municipalidad de La Serena (una comuna de Chile, país recóndito de Sudamérica, ubicado más menos en el cono sur del Planeta Tierra) realizó un concurso patrimonial, cuyo titulo versaba más menos así: “La Serena elige a los 10 personajes de su historia”. Como en esa época el editor de este blog residía en dicha comuna tomó entre los candidatos a una particular figura que le ha llamado la atención desde que la conoció. Stella Díaz Varín. Viendo que había que votar con la red social Facebook, observé que llevaba más likes que Gabriela Mistral, quien es denominada por su aporte en las escuelas que había realizado clases en el sector de Las Compañías.

El sólo hecho de que haya nacida en La Serena el 11 de Agosto de 1926 no la hace merecedora de una potencial nominación. No soy quién para defenderla, pero debo decir que desde la perspectiva poética resultó ser una inyección potente para aquellos que aprecian no solo la letra, si no la vida misma del quehacer poético. Esa co-respondencia, esa gratitud de sentir esa convivencia con una autora auténtica en un sentido muy simple. Enrique Lihn es más clarividente en esto en la introducción del libro “Los dones previsibles”, allá por el año 1992, de donde este parte el poema “Edades Principios y Finales”:

 

La voz de Stella es fiel a sí misma. Subrayo esa palabra para agregar que la mayor parte de los poetas de mi generación entendíamos la poesía como canto, en primer lugar y sólo en segundo como escritura. En el poema hablaba, una primera persona que debía robarse con su voz todas las películas, empezando por la Biblia. El hablante más bien cantante, de los versos, debía ser “antipoeta y mago” -Huidobro-; heroico y multitudinario – de Rokha-: un mito -Neruda-. Stella Díaz  Varín, no bien reconocida la necesidad de tener una voz propia y resonante y, en ella, “la razón de mi ser”, intentó diferenciarla con una violencia específica e hizo de ella una leyenda turbulenta. (…)

Algunos de nosotros, estimulados por el ejemplo de Nicanor Parra, nos alejamos rápidamente de este tipo de poesía -del hipnotismo de las Residencias de Neruda, del gigantismo de Rokha- Stella, no. Hasta el día uno de sus mejores versos (“Y un horizonte / donde aprendí a reverberar / con el último rayo de sol sobre las aguas”) son autoreferenciales. Adornos de la propia persona retorizada, que es la máscara del poeta.



 

Con el riesgo de equivocarme, sabiendo que no soy autoridad para decirlo, diciéndolo desde mi más personal entusiasmo, aprovechando la excusa de un concurso, quiero decir que uno de los aportes más importantes que deja Stella Díaz Varín es esa fidelidad poética, que representa la voluntad de ser en un país difícil, complejo, inhóspito, ajeno a la dignidad del quehacer del poeta, hecho que reflejará su biografía y el elemento vital de toda su poesía. En relación a esto, Stella Díaz Varín insinuó un recado importante que debemos considerar.

 

“Yo creo que deberíamos preocuparnos un poco de que el poeta deje de ser una especie de ser mítico, alado y peregrino. El poeta es un ser humano con familia, con necesidades biológicas y necesidades de todo tipo, al que nadie le da boleto en este país (…) por lo menos me gustaría que el hombre creador tuviera una base y una mínima seguridad de vida para que pudiera seguir creando”.

 

 

 

 

Nada tiene que ver el dolor…. – Enrique Lihn

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Lectura nunca fiel del curador:

-0-

Nada tiene que ver el dolor con el dolor
nada tiene que ver la desesperación con la desesperación
Las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas
No hay nombres en la zona muda
Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes
acicalada hasta la repugnancia, y los médicos
son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios
la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen
porque esa bestia tufosa es una tremenda devoradora
Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto
todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas
y éste no es más que otro modo de viciarlas
Quizá los médicos no sean más que sabios y la muerte —la niña
de sus ojos— un querido problema
la ciencia lo resuelve con soluciones parciales, esto es, difiere
su nódulo insoluble sellando una pleura, para empezar
Puede que sea yo de esos que pagan cualquier cosa por esa tramitación
Me hundiré en el duelo de mí mismo, pero cuidando de mantener
ciertas formas como ahora en esta consulta
Quiero morir (de tal o cual manera) ese es ya un verbo descompuesto
y absurdo, y qué va, diré algo, pero razonable
mente, evidentemente fuera del lenguaje en esa
zona muda donde unos nombres que no alcanzan a ser
cuando ya uno, qué alivio, está muerto, olvidado ojalá previamente de sí mismo
esa cosa muerta que existe en el lenguaje y que es
su presupuesto
Invoco en la consulta al Dios
de la no mismidad, pero sabiendo que se trata
de otra ficción más
sobre la unión de Oriente y Occidente
de acápites, comentarios y prólogos
Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que aprender
para dolerse, desesperarse y morir, un lenguaje limpio
que sólo fuera accesible más allá de las matemáticas a especialistas
de una ciencia imposible e igualmente válida
un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos
que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor
y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia
del dolor que del placer, con una sonriente
desesperación, pero esto es ya decir
una mera obviedad con el apoyo
de una figura retórica
mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje desconocido
ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a interpretar
el lenguaje humano
Ay dios habría que hablar de la felicidad de morir en alguna inasible forma
de eso que acompañó a la inocencia al orgasmo a todos y a cada uno
de los momentos que improntaron la memoria
con impresiones desaforadas
Cuando en la primera polución
—mucho más mística que la primera comunión— pensabas en Isabel
ella no era una persona sino su imagen el resplandor orgástrico de esa creatura
que si vivió lo hizo para otros diluyéndose para ti carnalmente en el tiempo de los demás
sin dejar más que el rastro de su resplandor en tu memoria
eso era la muerte y la muerte advino y devino
el click de la máquina de memorizar esa repugnante devoradora
acicalada en palabras como éstas tu poesía, en suma es la muerte
el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento
la cárcel de tu ser que te privaba del otro nombre de amor escrito silenciosamente en el muro
o figuras obscenas untadas de vómito
tu vida que —otra palabra— se deslizó, sin haberse podido
engrupir en lo existente detenerse en lo pasajero hundir el hocico
feliz en el comedero, golpear por un asilo nocturno
con el amor como con una piedra
la muerte fue la que se disfrazó de mujer en el altillo
de una casa de piedra y para ti de sombra y humo y nada
porque ya no podías enamorar a su dueña, temblando
del placer de perderla bajo una claraboya con telarañas
tienes que reconstituir ese momento ahora que la dueña de la casa es la muerte
y no la otra, esa nada ese humo esa sombra
darte el placer de ser ella y de unirte a ella como los labios de Freud
que se besan a sí mismos

 

 

Enrique Lihn.-

Cita: Enrique Lihn: Monólogo del padre con su hijo de meses (fragmento)

Enrique Lihn

Enrique Lihn

Monólogo del padre con su hijo de meses (fragmento)

Enrique Lihn. Del libro “La Pieza Oscura”

.

Nada  se pierde con vivir, ensaya:

aquí tienes un cuerpo a tu medida,

lo hemos hecho en la sombra

por amor a las artes de la carne

pero también en serio, pensando en tu visita

para ti o para nadie.

————-o————-

Y luego del fragmento

-escribe el citador-

La textura completa

————-o————-

 

Nada se pierde con vivir, ensaya:
aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en sombra por amor a las artes de la carne
pero también en serio
pensando en tu visita como en un nuevo juego gozoso y doloroso;
por amor a la vida, por temor a la muerte y a la vida,
por amor a la muerte
para ti o para nadie.

Eres tu cuerpo, tómalo, haznos ver que te gusta como a nosotros este doble regalo que
te hemos hecho y que nos hemos hecho.
Cierto, tan sólo un poco del vergonzante barro original,
la angustia y el placer en un grito de impotencia.
Ni de lejos un pájaro que se abre en la belleza del huevo,
a plena luz, ligero y jubiloso, sólo un hombre:
la fiera vieja del nacimiento, vencida por las moscas, babeante y rebosante.

Pero vive y verás el monstruo que eres con benevolencia
abrir un ojo y otro así de grandes,
encasquetarse el cielo, mirarlo todo como por adentro,
preguntarle a las cosas por sus nombres
reír con lo que ríe,
llorar con lo que llora,
tiranizar a gatos y conejos.

Nada se pierde con vivir, tenemos todo el tiempo del tiempo por delante
para ser el vacío que somos en el fondo.
Y la niñez, escucha:
no hay loco más feliz que un niño cuerdo
ni acierta el sabio como un niño loco.
Todo lo que vivimos lo vivimos ya a los diez años más intesamente;
los deseos entonces se dormían los unos en los otros.
Venía el sueño a cada instante,
el sueño que restablece en todo el perfecto desorden
a rescatarte de tu cuerpo y tu alma;
allí en ese castillo movedizo eras el rey, la reina, tus secuaces, el bufón que se ríe de sí mismo,
los pájaros, las fieras melodiosos.

Para hacer el amor allí estaba tu madre
y el amor era el beso de otro mundo en la frente,
con que se reanima a los enfermos,
una lectura a media voz,
la nostalgia de nadie y nada que nos da la música.

Pero pasan los años por los años y he aquí que eres ya un adolescente.
Bajas del monte como Zaratustra a luchar por el hombre contra el hombre:
grave misión que nadie te encomienda;
en tu familia inspiras desconfianza,
hablas de Dios en un tono sarcástico, llegas a casa al otro día, muerto.
Se dice que enamoras a una vieja, te han visto dando saltos en el aire,
prolongas tus estudios con estudios de los que se resiente tu cabeza.
No hay alegría que te alegre tanto como caer de golpe en la tristeza
ni dolor que te duela tan a fondo como el placer de vivir sin objeto.
Grave edad, hay algunos que se matan porque no pueden soportar la muerte,
quienes se entregan a una causa injusta en su sed sanguinaria de justicia.
Los que más bajo caen son los grandes,
a los pequeños les perdemos el rumbo.
En el amor se traicionan todos,
el amor es el padre de sus vicios.
Si una mujer se enternece contigo le exigirás te siga hasta la tumba,
que abandone en el acto a sus parientes,
que instale en otra parte su negocio.

Pero llega el momento fatalmente en que tu juventud te da la espalda
y por primera vez su rostro inolvidable en tanto huye de ti que la persigues a salto de ojo,
inmóvil, en una silla negra.
Ha llegado el momento de hacer algo parece que te dice todo el mundo
y tu dices que sí, con la cabeza.
En plena decadencia metafísica caminas ahora con una libretita de direcciones en la mano,
impecablemente vestido,
con la modestia de un hombre joven que se abre paso en la vida,
dispuesto a todo.
El esquema que te hiciste de las cosas hace aire y se hunde en el cielo dejándolas a todas en su sitio.
De un tiempo a esta parte te mueves entre ellas como un pez en el agua.
Vives de lo que ganas, ganas lo que mereces, mereces lo que vives:
eres, por fin, un hombre entre los hombres.

Y así llegas a viejo como quien vuelve a su país de origen después de un viaje interminable corto de revivir, largo de relatar,
te espera en tí la muerte, tu esqueleto con los brazos abiertos,
pero tu la rechazas por un instante,
quieres mirarte larga y sucesivamente en el espejo que se pone opaco.
Apoyado en lejanos transeúntes vas y vienes de negro,
al trote,conversando contigo mismo a gritos, como un pájaro.
No hay tiempo que perder, eres el último de tu generación en apagar el sol y convertirte en polvo.

No hay tiempo que perder en este mundo embellecido por su fin tan próximo.
Se te ve en todas parte dando vueltas en torno a cualquier cosa como en éxtasis.
De tus salidas a la calle vuelves con los bolsillos llenos de tesoros absurdos: guijarros, florecillas.
Hasta que un día ya no puedes luchar a muerte con la muerte y te entregas a ella, a un sueño sin salida, más blanco cada vez, sonriendo, sollozando como un niño de pecho.

Nada se pierde con vivir, ensaya: aquí tienes un cuerpo a tu medida,
lo hemos hecho en la sombra por amor a las artes de la carne pero también en serio,
pensando en tu visita
para ti o para nadie

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